Hay viajes que comienzan sobre un mapa y otros que nacen mucho antes, en el corazón. El de Damián Lefevre pertenece a estos últimos. El cicloviajero, ligado a Huanguelén y radicado en Coronel Suárez, emprendió una travesía en bicicleta con un destino tan lejano como cargado de significado: la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, en Ciudad de México.
La partida tuvo una fecha especial. Damián comenzó a pedalear el 24 de agosto, día en el que su padre habría cumplido 79 años. No fue, entonces, una jornada elegida al azar. Cada vuelta de pedal comenzó a llevar también el recuerdo de su papá, transformando la ausencia en compañía y la memoria en una fuerza silenciosa para iniciar una aventura de miles de kilómetros.
El punto de partida fue Coronel Suárez, ciudad donde viven sus hermanos y donde Damián se instaló tras regresar a la Argentina. Durante sus primeros kilómetros estuvo acompañado por un amigo que ya había realizado una travesía en bicicleta hasta Machu Picchu. Después llegó el momento de continuar solo, con el camino abierto y una inmensidad por delante.
Cochicó fue una de las primeras estaciones de la travesía. Allí levantó su carpa y pasó la noche antes de volver a cargar su bicicleta y continuar rumbo a Salliqueló. Su hogar, desde entonces, cabe en una estructura de tela. “Mi casa es de tela”, resumió al hablar de esa nueva vida que lo obliga a convivir con la incertidumbre, los sonidos de la noche y los desafíos cotidianos.
La bicicleta es ahora su compañera inseparable. Pesa alrededor de 18 kilos y transporta una importante carga de equipaje, con todo lo necesario para sobrevivir durante el extenso recorrido. Cada jornada supone organizar las pertenencias, levantar el campamento, preparar el vehículo y volver a salir. Un ritual que se repetirá durante meses, quizás durante casi dos años.
Damián estima avanzar, en promedio, entre 50 y 60 kilómetros diarios, aunque sabe que en un viaje de estas características no todo puede calcularse. El viento, el clima, el estado de los caminos y las circunstancias que aparezcan en cada lugar marcarán el ritmo. No hay apuro. En una travesía semejante, el destino importa, pero también cada pueblo, cada encuentro y cada historia.
La preparación no comenzó el día de la partida. Detrás de esta aventura existen aproximadamente cuatro años de planificación, aprendizaje y entrenamiento. Durante ese tiempo fue preparando la bicicleta, investigando, consiguiendo equipamiento y escuchando las experiencias de otros viajeros. Pero, según contó, la preparación física fue solamente una parte de un proceso mucho más profundo.
También hubo que entrenar la mente. Viajar solo, dormir en una carpa y enfrentar situaciones desconocidas exige mucho más que resistencia física. Significa aprender a convivir con los miedos, resolver problemas y aceptar que no siempre se sabe qué ocurrirá al día siguiente. Cada decisión, desde elegir un camino hasta encontrar dónde dormir, se convierte en parte de la experiencia.
Su paso por Salliqueló representó una de las primeras grandes paradas de la travesía. Allí fue recibido y compartió su experiencia con la comunidad, encontrando nuevamente algo que, según relató, se repite a lo largo del camino: la solidaridad. Clubes, iglesias, bomberos y familias pueden convertirse, para un viajero, en un refugio inesperado cuando cae la tarde.
El recorrido proyectado es enorme. Damián planea atravesar entre 180 y 200 localidades, aunque el número final dependerá de las rutas que vaya eligiendo. Desde el oeste bonaerense continuará hacia La Pampa y luego Córdoba, para dirigirse posteriormente hacia la precordillera. Uno de sus grandes desafíos será atravesar zonas de gran exigencia geográfica.
El Abra del Acay aparece entre los puntos más desafiantes del itinerario. Luego, el plan contempla continuar hacia La Quiaca y cruzar las fronteras para ingresar a Bolivia. Perú, Ecuador …
… y Colombia también forman parte del extenso recorrido imaginado. Miles de kilómetros separan hoy al cicloviajero de su objetivo, pero para él cada tramo parece tener su propio valor.
Desde Colombia, el desafío continuará hacia Centroamérica. El itinerario proyectado contempla llegar a Panamá para luego seguir avanzando rumbo al norte. Finalmente, México aparecerá como la última gran etapa de un viaje que podría demandar entre un año y medio y dos años. No existe una fecha exacta para llegar. Damián prefiere que sea el propio camino quien marque los tiempos.
“Tengo todo el tiempo a mi favor”, expresó al hablar de la duración de la travesía. La frase parece resumir su manera de entender este desafío. En un mundo acostumbrado a la velocidad, eligió avanzar despacio. Pedalear permite detenerse, observar, escuchar y sentir. Permite conocer los lugares desde otra perspectiva y descubrir aquello que muchas veces pasa desapercibido cuando se viaja con prisa.
El destino final será la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, uno de los lugares de mayor significado religioso de México y América Latina. Pero, aun con una meta claramente definida, Damián sabe que el verdadero viaje ya comenzó. Llegar será importante, pero también lo serán las amistades, los paisajes, las comidas compartidas y las personas que aparezcan inesperadamente.
La bicicleta, para él, se convirtió en mucho más que un medio de transporte. Es una forma de recorrer el mundo a otro ritmo. “Vas medio como a ritmo de mariposa”, explicó al describir la sensación de avanzar lentamente y poder percibir los olores, los sonidos y los detalles de cada lugar. Un modo de viajar que permite acercarse a las personas y a las historias.
En el camino, Damián también descubrió la importancia de la solidaridad. Relató haber recibido alimentos, bebidas, invitaciones y lugares para descansar. Gestos sencillos que, para quien viaja durante meses con una casa de tela a cuestas, adquieren una enorme dimensión. Son encuentros que confirman que, aun entre desconocidos, siempre puede aparecer una mano tendida.
Pero esta historia tiene, sobre todo, un mensaje. Damián quiere animar a otras personas a no dejar guardados sus sueños. A no esperar eternamente el momento perfecto. A no permitir que el miedo al fracaso, a lo desconocido o al “qué dirán” termine convirtiéndose en una barrera imposible de atravesar. Porque muchas veces el paso más difícil no es pedalear: es decidir comenzar.
“Hay muchas cosas que uno no hace por miedo al qué pasará”, reflexionó durante su viaje. Sus palabras cobran una fuerza especial mientras él mismo avanza, solo, por las rutas argentinas, con miles de kilómetros todavía por recorrer. Detrás quedó la comodidad de una vida conocida. Delante aparece la incertidumbre, pero también la posibilidad de descubrir de qué es capaz.
Desde Huanguelén, Coronel Suárez y las primeras rutas del oeste bonaerense, la historia de Damián Lefevre comienza a sumar kilómetros. Su destino está en México, pero su aventura ya lleva consigo el recuerdo de su padre, el afecto de su familia y el acompañamiento de quienes creen que los sueños, por más grandes que parezcan, pueden comenzar con una decisión.
Todavía falta mucho camino. Habrá viento, lluvia, cansancio, noches frías y momentos de incertidumbre. También habrá paisajes desconocidos y personas que dejarán su huella. Pero Damián ya consiguió algo fundamental: se animó a empezar. Y mientras sus ruedas sigan girando, desde esta región bonaerense habrá quienes sigan con emoción la historia de un hombre que decidió perseguir su sueño.
Porque a veces los sueños no tienen motores ni horarios. A veces pesan apenas lo que una bicicleta, una carpa y algunas pertenencias pueden transportar. A veces comienzan en un pequeño pueblo, atraviesan países enteros y parecen imposibles. Y, sin embargo, todo puede empezar de una manera sencilla: mirando el horizonte, tomando el manubrio y animándose a dar el primer pedalazo.
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