Cuando la pasión pierde el rumbo: el preocupante costo social de los festejos por la clasificación argentina. La histórica remontada de la Selección Argentina frente a Egipto, que selló el pase a los cuartos de final del Mundial 2026, volvió a demostrar la extraordinaria capacidad del fútbol para unir a millones de personas detrás de un mismo sentimiento.
Durante algunos minutos, el país entero pareció latir al ritmo de una misma emoción. Abrazos entre desconocidos, caravanas interminables, familias celebrando en plazas y avenidas y una felicidad colectiva difícil de encontrar en otros ámbitos de la vida nacional.
Pero, una vez más, la alegría terminó conviviendo con otra postal que comienza a repetirse con alarmante frecuencia: violencia, enfrentamientos, vandalismo, saqueos, heridos, detenidos y, en algunos casos, víctimas fatales en distintos puntos del país. La pregunta ya no es qué ocurrió. La verdadera pregunta es por qué cada celebración masiva parece condenada a terminar del mismo modo.
Una fiesta que volvió a desbordarse
En la Ciudad de Buenos Aires, miles de personas colmaron el Obelisco apenas finalizado el encuentro. Durante varias horas predominó el clima festivo hasta que, entrada la noche, comenzaron los enfrentamientos entre pequeños grupos de violentos y las fuerzas de seguridad. El saldo preliminar dejó al menos 19 detenidos, policías lesionados y varios civiles con heridas producto de corridas, botellazos y piedrazos. La situación no fue exclusiva de la Capital.
En Córdoba, la zona del Patio Olmos registró importantes disturbios y decenas de aprehensiones. En Tucumán también hubo incidentes con detenidos y efectivos policiales heridos durante el operativo desplegado alrededor de la Plaza Independencia. Mar del Plata vivió escenas similares con enfrentamientos y utilización de elementos disuasivos para dispersar a grupos violentos.
En paralelo, distintos medios provinciales informaron accidentes viales y episodios violentos relacionados con los festejos en otras ciudades del país. No fueron los hinchas. Fueron minorías que secuestraron la celebración. Conviene hacer una distinción que muchas veces desaparece en medio de la conmoción. La inmensa mayoría de quienes salieron a festejar lo hizo de manera pacífica.
Familias completas, niños, adultos mayores y grupos de amigos compartieron una celebración genuina.Sin embargo, una minoría volvió a apropiarse del espacio público utilizando el festejo como escenario para cometer robos, enfrentarse con la policía, destruir mobiliario urbano y agredir a otras personas.
Diversas coberturas señalaron intentos de robo, consumo excesivo de alcohol y ataques contra efectivos policiales como parte de los factores que desencadenaron los disturbios. Es un fenómeno conocido. No responde al resultado deportivo. Responde a la oportunidad. Cada concentración masiva se convierte para determinados grupos en un ámbito propicio para ejercer violencia con escasa capacidad de identificación inmediata.
El preocupante proceso de naturalización
Quizás el aspecto más inquietante sea la naturalidad con la que estos episodios comienzan a ser aceptados. Cada vez que Argentina obtiene un triunfo importante, gran parte de la sociedad parece asumir que habrá detenidos, heridos, destrozos y enfrentamientos. Como si fuera un costo inevitable de ganar.
Pero ninguna sociedad democrática debería considerar normal que una fiesta deportiva termine con personas lesionadas, comercios afectados, patrulleros dañados o familias huyendo de gases lacrimógenos. La violencia deja de ser excepcional cuando deja de sorprender. Y ese es un riesgo enorme.
El fútbol como espejo de problemas mucho más profundos
Sería un error atribuir toda la responsabilidad al fútbol. El fútbol no genera violencia. La expone. Los mismos problemas que aparecen en los estadios o durante los festejos están presentes diariamente en la convivencia social: intolerancia, consumo problemático de alcohol y drogas y el escaso respeto por las normas.
Y además la pérdida de autoridad institucional y una creciente dificultad para resolver conflictos sin recurrir a la agresión. La Selección Argentina no provoca esos fenómenos. Simplemente reúne en un mismo espacio a cientos de miles de personas donde esas tensiones encuentran una oportunidad para manifestarse.
El desafío para las autoridades
También resulta necesario abrir un debate serio sobre los operativos de seguridad. Las fuerzas policiales enfrentan el desafío de contener concentraciones multitudinarias sin restringir el derecho de quienes desean celebrar pacíficamente. Al mismo tiempo, deben actuar con rapidez frente a quienes aprovechan esos encuentros para delinquir.
No existe una fórmula sencilla. La prevención, la inteligencia previa, la identificación de grupos violentos y la coordinación entre fuerzas de seguridad aparecen como herramientas indispensables para evitar que una celebración termine convertida en un escenario de enfrentamientos.
La responsabilidad también es colectiva
Sin embargo, ninguna estrategia estatal será suficiente si la sociedad continúa tolerando determinadas conductas. Cada botella arrojada. Cada piedra lanzada. Cada comercio saqueado. Cada motocicleta utilizada de manera temeraria. Cada agresión a un periodista o a un policía. Cada robo cometido en medio de una multitud. Todo ello no forma parte del folklore futbolero. Es simplemente delito. Y mientras continúe justificándose bajo la excusa del entusiasmo o la euforia, seguirá reproduciéndose.
La Selección merece otra imagen
Paradójicamente, mientras millones de argentinos emocionan al mundo por la pasión con la que acompañan a su Selección, unas pocas decenas de violentos terminan ocupando las portadas informativas. La historia reciente demuestra que Argentina sabe celebrar. Lo hizo durante la Copa América. Lo hizo durante el Mundial de Qatar.
Lo hace cada vez que la Selección genera una alegría colectiva. Pero también demuestra que aún no logra impedir que pequeños grupos conviertan una fiesta nacional en una escena de violencia. La clasificación frente a Egipto quedará en la memoria deportiva por una remontada épica.
Sin embargo, fuera de la cancha, volvió a quedar una pregunta incómoda que el país necesita responder con urgencia: ¿por qué un triunfo que debería unirnos termina dejando heridos, detenidos y familias que regresan a sus casas con miedo? El mayor desafío no será ganar otro Mundial. Será aprender, de una vez por todas, a celebrar sin convertir la alegría colectiva en una tragedia evitable.
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