Mientras algunos hacen negocios con la política, hay chicos que siguen esperando un plato de comida. En nuestro distrito hay chicos que muchas veces no tienen una cena adecuada. Ni un desayuno digno. Ni una merienda completa. Y en algunos casos, ni siquiera una comida asegurada para terminar el día. La escena duele. Y debería doler mucho más de lo que parece doler.
Porque detrás de cada niño que llega a la escuela con hambre, detrás de cada madre que intenta “hacer rendir” lo poco que hay en la cocina, detrás de cada familia que saltea comidas para sobrevivir, existe algo mucho más grave que una crisis económica: existe una derrota moral de toda la sociedad.
Durante años, Argentina se acostumbró a convivir con cifras de pobreza que ya ni siquiera conmueven. Los porcentajes suben, bajan, vuelven a subir y terminan perdiendo humanidad. Pero detrás de cada número hay chicos reales. Chicos que crecen con carencias básicas en un país capaz de producir alimentos para millones de personas.
Y sería demasiado cómodo responsabilizar únicamente al Estado Nacional o Provincial. Claro que existe responsabilidad política. Claro que hubo gobiernos incapaces de resolver el problema. Claro que hubo decisiones económicas que destruyeron salarios, empleo y oportunidades. Pero también existe otra realidad mucho más incómoda: la de aquellos sectores que hicieron negocios obscenos alrededor de la política mientras gran parte de la sociedad se empobrecía.
Los acomodados del poder. Los eternos privilegiados. Los que viven desde hace décadas alrededor del Estado sin conocer jamás las angustias cotidianas de cualquier trabajador común. Funcionarios que entran pobres y salen millonarios. Empresarios amigos del poder. Intermediarios. Operadores. Testaferros. Estructuras enteras construidas alrededor de negociados que atraviesan gobiernos, colores políticos y generaciones.
Mientras algunos chicos esperan una taza de leche, otros viven rodeados de privilegios financiados, directa o indirectamente, por un sistema que hace años …
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… parece haberse acostumbrado a convivir con la desigualdad. Y quizás ahí aparezca una de las heridas más profundas de la Argentina actual: la naturalización.
Se naturalizó que haya hambre. Se naturalizó que existan comedores desbordados. Se naturalizó que muchos chicos dependan exclusivamente de una copa de leche escolar para alimentarse. Se naturalizó que haya familias enteras haciendo cuentas para decidir qué comida saltear. Lo verdaderamente peligroso es justamente eso: acostumbrarse.
Porque el hambre no solamente vacía estómagos. También destruye oportunidades. Un chico mal alimentado aprende menos, se concentra menos, se desarrolla peor y enfrenta la vida desde una desigualdad brutal que empieza mucho antes de cualquier examen o búsqueda laboral. La pobreza infantil no es solamente un drama económico. Es una fábrica silenciosa de futuros condicionados.
Y mientras tanto, buena parte de la dirigencia sigue atrapada en peleas políticas interminables, discursos vacíos y privilegios que parecen no tener fin. Resulta imposible no sentir indignación cuando se observan fortunas inexplicables, patrimonios obscenos o estilos de vida incompatibles con cualquier función pública, mientras al mismo tiempo hay chicos que no saben si esa noche van a cenar.
Porque en una sociedad sana, el hambre infantil debería ser un escándalo permanente. No una noticia más. No un dato estadístico. No un paisaje cotidiano. El problema no es solamente económico. También es ético. ¿Qué tipo de sociedad acepta convivir con niños mal alimentados mientras algunos sectores vinculados al poder viven con niveles de privilegio insultantes?
¿Qué sensibilidad colectiva se pierde cuando ya no genera impacto ver chicos pidiendo comida o familias enteras dependiendo de la asistencia para sobrevivir? Tal vez el gran desafío pendiente no sea solamente generar empleo o estabilizar la economía. También será recuperar algo mucho más profundo: la capacidad de indignarse. Porque cuando una sociedad deja de conmoverse frente al hambre de sus chicos, empieza lentamente a perder parte de su humanidad.
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