Otra vez Boca. Otra vez la CONMEBOL. Otra vez el VAR. Y otra vez millones de argentinos terminando un partido con la misma sensación: en Sudamérica, para los clubes argentinos, las reglas parecen no ser iguales. Lo ocurrido anoche en La Bombonera, en el empate 1-1 entre Boca Juniors y Cruzeiro por la Copa Libertadores, reactivó con fuerza una sospecha que viene creciendo hace años: la existencia de una “mano negra” arbitral y política que sistemáticamente condiciona a Boca y a los equipos argentinos frente al poder brasileño dentro de la CONMEBOL.
Porque lo de anoche no fue simplemente un empate caliente. Fue otro capítulo de una secuencia interminable de polémicas. El partido terminó envuelto en escándalo por decisiones arbitrales y del VAR que dejaron a Boca al borde de la eliminación y provocaron una explosión de bronca dentro y fuera de la cancha. El árbitro venezolano Jesús Valenzuela anuló sobre el final el gol que podía darle el triunfo al Xeneize por una supuesta mano previa de Milton Delgado. Hasta allí, la discusión podía entrar dentro de la interpretación reglamentaria.
Pero segundos después ocurrió la jugada que encendió definitivamente la indignación: una mano clarísima dentro del área de Cruzeiro tras un remate de Miguel Merentiel no terminó en penal para Boca, pese al llamado del VAR. Valenzuela revisó la acción y decidió no cobrar nada. La reacción fue inmediata. “Para un lado sí, para el otro no”, disparó Leandro Paredes tras el partido, reflejando el sentimiento generalizado del mundo Boca. Y es justamente ahí donde la sospecha deja de ser solamente emocional. Porque el problema ya no es una jugada aislada: es la acumulación.
Boca arrastra una larga lista de antecedentes recientes en competencias Conmebol: goles anulados polémicamente, penales no cobrados, expulsiones discutidas, criterios arbitrales cambiantes y revisiones VAR selectivas. La herida más recordada sigue siendo la serie ante Atlético Mineiro en 2021, cuando la propia CONMEBOL terminó suspendiendo árbitros tras reconocer errores graves contra Boca. Pero el daño deportivo jamás se reparó. Desde entonces, cada episodio nuevo alimenta una sensación cada vez más fuerte: Boca juega los partidos y además parece tener que jugar contra el contexto.
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Y el contexto sudamericano cambió radicalmente. Brasil se convirtió en el centro económico absoluto de la Libertadores: más dinero, más sponsors, más derechos televisivos, mejores contratos y planteles imposibles para gran parte del continente. La Copa Libertadores dejó de ser equilibrada hace tiempo. Hoy es, en gran parte, un torneo dominado por el poder brasileño. Las finales exclusivamente brasileñas ya dejaron de sorprender. Y mientras el dinero crece en Brasil, muchos hinchas argentinos sienten que la estructura política y arbitral de la CONMEBOL acompaña ese proceso.
No hace falta imaginar conspiraciones cinematográficas para entender el fenómeno. En el fútbol, los poderes económicos generan influencias. Y cuando los errores arbitrales aparecen repetidamente favoreciendo al sector más fuerte, la credibilidad se destruye. Anoche, además, hubo un detalle que profundizó aún más el malestar: la designación previa de Jesús Valenzuela ya había generado polémica por antecedentes conflictivos con Boca en torneos anteriores. Es decir: la desconfianza ya existía antes de que comenzara el partido.
Y cuando un árbitro llega condicionado por antecedentes polémicos, cualquier fallo dudoso explota mucho más rápido. Por supuesto, también existe otra mirada. Muchos sostienen que Boca no perdió por el árbitro, sino por no haber liquidado el partido cuando fue superior. Otros recuerdan que históricamente los clubes argentinos también fueron acusados de recibir ayudas arbitrales en distintas épocas. Pero aun aceptando eso, hay algo que resulta imposible de negar: la CONMEBOL lleva años erosionando su propia credibilidad.
Cada audio VAR genera sospechas. Cada revisión selectiva provoca teorías. Cada sanción posterior confirma errores demasiado tarde. El problema ya no es solamente Boca. Es la sensación continental de que el fútbol sudamericano perdió transparencia. Y cuando eso ocurre, cualquier fallo polémico deja de parecer un error humano y empieza a verse como parte de algo más grande. Anoche, en La Bombonera, no sólo empató Boca. También volvió a empatar la confianza del fútbol sudamericano con la sospecha.
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