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¿Es posible un Mundial de fútbol en medio de un mundo en conflicto?

¿Vale la pena un Mundial en medio de un mundo en conflicto? Una mirada crítica a la Copa del Mundo 2026. La celebración de la Copa Mundial de la FIFA 2026 —programada en Estados Unidos, México y Canadá — ha sido vendida por la FIFA y los gobiernos anfitriones como una fiesta global del fútbol. Sin embargo, detrás de las sonrisas, banderas y promesas de seguridad se acumulan señales de alarma que difícilmente pueden ignorarse.

Según el último Índice de Paz Global, el número de conflictos activos en el mundo ha alcanzado el nivel más alto desde la Segunda Guerra Mundial, con más de 50 guerras y cerca de 100 países involucrados en enfrentamientos fuera de sus fronteras en distintos grados. Eso representa un contexto geopolítico extremadamente volátil para eventos públicos masivos, incluidos los deportivos.

En este entorno, organizar un Mundial no es simplemente un reto logístico — es un acto de alto riesgo. Las tensiones internacionales se han intensificado en regiones clave, como el Medio Oriente. En los últimos días, las escaladas entre Irán, Estados Unidos e Israel han generado dudas incluso sobre la participación de la selección iraní en el torneo, precisamente por riesgos de seguridad y posible impacto en partidos programados en suelo estadounidense.

Si bien la ola oficialista insiste en que “no hay riesgo” para los aficionados, la realidad sobre el terreno es más compleja. Tras la muerte del jefe del cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG), varias regiones de México —incluida Guadalajara, ciudad sede de partidos mundialistas— vivieron días de violencia, con más de 70 personas muertas y bloqueos en varias partes del país.

Más inquietante aún es el hallazgo de centenares de bolsas con restos humanos cerca de estadios planeados para el evento, un recordatorio de que la violencia del crimen organizado no es un riesgo abstracto sino una realidad tangible para las comunidades locales. Aunque las autoridades y la FIFA minimizan estos hechos, incluso informes internos de seguridad identifican decenas de riesgos catalogados como “catastróficos” o “críticos” relacionados con delincuencia organizada y terrorismo vinculados al torneo.

La historia ha demostrado que los eventos deportivos de gran magnitud pueden ser objetivo de ataques terroristas. El intento de ataque planeado contra la Copa Mundial de 1998 en Francia —que involucró arrestos en varios países europeos con planes de atentados en estadios y secuestros— es un sombrío precedente.

Hoy, con tensiones globales en aumento y grupos extremistas más dispersos, el riesgo existencial de un ataque en un evento con millones de ojos y cámaras apuntando al mismo lugar debería ser un punto central del debate y no un simple dato relegado por los discursos oficiales. FIFA, organismos deportivos y gobiernos anfitriones repiten que “todos los aficionados serán bienvenidos” y que “no hay razón para cancelar o modificar sedes”.

Pero las voces críticas señalan que estos grandes eventos a menudo se organizan más por razones políticas y económicas que por seguridad real. En Qatar 2022 se descubrió que esfuerzos encubiertos se emplearon para asegurar la candidatura ante la FIFA, lo que subraya que los intereses estratégicos pueden pesar más que las garantías de seguridad.

Celebrar un Mundial en un planeta marcado por guerras activas, tensiones geopolíticas, violencia criminal organizada y amenazas terroristas no es meramente “un desafío logístico” — es una apuesta peligrosa. Que la FIFA y los gobiernos sigan vendiendo una imagen de tranquilidad no elimina las realidades incómodas.

El contexto global está lejos de ser seguro, y miles de personas —desde aficionados hasta residentes locales cerca de estadios— podrían encontrarse en situaciones que van más allá de simples gafas de sol y banderas de colores. El fútbol une al mundo, sí. Pero preguntarse si un Mundial en medio de un mundo tan dividido y conflictivo es responsable o simplemente optimista hasta la temeridad es una discusión que todavía falta tener.

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