La discusión abierta por Javier Milei sobre la caída de los nacimientos en la Argentina obliga a separar una posición ideológica de la evidencia demográfica. El Presidente atribuyó el fenómeno al feminismo y a la legalización del aborto, pero los registros oficiales muestran que el descenso es anterior a la vigencia de la Ley 27.610 y responde a transformaciones sociales, económicas y reproductivas de larga duración.
El dato cronológico resulta determinante. La Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo fue sancionada el 30 de diciembre de 2020 y publicada en enero de 2021. Sin embargo, un estudio del RENAPER registró que los nacimientos ya habían caído 33,3% entre 2012 y 2021, con una reducción que se aceleró desde 2018. Por lo tanto, buena parte de la tendencia ya estaba en marcha antes de la legalización. Ese antecedente importa.
La trayectoria histórica también relativiza una explicación única. Otro informe oficial señala que la tasa bruta de natalidad argentina se redujo 52,8% entre 1980 y 2020, mientras que la fecundidad descendió especialmente entre los 15 y los 29 años. No se trata, entonces, de un cambio repentino provocado por una sola ley, sino de una transición demográfica prolongada que comparte rasgos con otros países.
Uno de los motores más visibles fue la fuerte reducción del embarazo adolescente. Entre 2010 y 2020, la tasa específica de fecundidad de las jóvenes de 15 a 19 años cayó 53,3%, al pasar de 65 a 30 nacimientos por cada mil mujeres. La CEPAL vincula este retroceso regional con una mayor educación y acceso a la anticoncepción, mientras que el UNFPA destaca que muchos embarazos adolescentes eran no intencionales.
También cambió el momento en que las personas deciden ser madres o padres. La CEPAL advierte un aplazamiento de la maternidad y una disminución marcada entre adolescentes y jóvenes. Estudiar más años, incorporarse y sostenerse en el mercado laboral, acceder a una vivienda y compatibilizar la crianza con el trabajo modifican las decisiones reproductivas. Tener menos hijos, o postergarlos, aparece así ligado a condiciones y expectativas.
La economía tampoco puede quedar fuera del análisis. El UNFPA plantea que la baja fecundidad debe discutirse junto con la posibilidad real de concretar el proyecto familiar deseado, en un contexto atravesado por empleo, ingresos, vivienda y organización de los cuidados. La pregunta no es solamente cuántos hijos nacen, sino cuántos hijos querrían tener las personas y cuáles son los obstáculos materiales y sociales que encuentran para hacerlo.
El feminismo sí forma parte del contexto histórico, pero de un modo más complejo que el señalado por Milei. Estudios citados por el UNFPA asocian la expansión de derechos sexuales y reproductivos con cambios en preferencias y conductas, además de un mayor acceso a anticonceptivos. Eso puede favorecer decisiones autónomas sobre la maternidad, pero autonomía reproductiva no equivale, automáticamente, a una causa directa de la baja natalidad.
La caída de la fecundidad plantea desafíos reales para el sistema previsional, el envejecimiento y la futura fuerza laboral. Pero diagnosticar correctamente el problema es indispensable para responderlo. Si las causas son múltiples, las políticas también deberían serlo: empleo estable, vivienda accesible, sistemas de cuidado, igualdad de oportunidades y condiciones que permitan elegir si se quiere formar una familia y cuándo.
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