En muchas fruterías y mercados se repite una escena que hace algunas décadas era impensada: el higo, un fruto tradicional de patios y quintas familiares, aparece cada vez menos en los mostradores. La escasez contrasta con el recuerdo de tiempos en que las higueras formaban parte del paisaje rural y urbano, ofreciendo una fruta dulce, abundante y de temporada.
Hoy, sin embargo, su producción es limitada y su presencia en la oferta comercial resulta esporádica, lo que abre un debate sobre la necesidad de recuperar el cultivo de la higuera y revalorizar un fruto de enorme tradición y valor nutricional.
El higo, producido por la higuera (Ficus carica), es en realidad una inflorescencia: un conjunto de pequeñas flores que se desarrollan dentro de una estructura carnosa y dulce que comúnmente se considera una fruta. Su pulpa puede ser rosada o blanquecina y está llena de diminutas semillas, mientras que su piel suele presentar tonalidades verdes, moradas o negras según la variedad.
Históricamente, la higuera fue uno de los primeros árboles frutales cultivados por el ser humano. Originaria del Cercano Oriente, se difundió por el Mediterráneo gracias a fenicios y griegos, quienes valoraban tanto su sabor como sus propiedades nutritivas. En la antigua Grecia incluso se recomendaba a los atletas como parte de su dieta, lo que revela el prestigio que este alimento tuvo desde tiempos remotos.
Uno de los aspectos que vuelve atractivo al higo es que su cultivo es relativamente sencillo, especialmente para pequeñas explotaciones familiares. La higuera no requiere estructuras complejas ni variedades polinizadoras, entra en producción rápidamente y su manejo agronómico es relativamente simple en comparación con otros frutales.
Además, es una especie rústica y adaptable. Tolera periodos de sequía mejor que muchos frutales y sus requerimientos de agua son relativamente bajos, aunque para lograr frutos de buena calidad es necesario asegurar un riego adecuado durante el desarrollo del cultivo.
Estas características hacen que especialistas consideren al higo un cultivo ideal para pequeños productores, ya que puede desarrollarse en explotaciones familiares sin demandar grandes inversiones ni mano de obra intensiva.
Sin embargo, también presenta algunos desafíos. Los frutos son extremadamente delicados y perecederos, lo que dificulta su transporte y comercialización. La cosecha debe hacerse manualmente y con cuidado, ya que la piel del higo es fina y se daña con facilidad, provocando deterioro rápido del producto.
Más allá de su sabor característico, el higo es también un alimento con importantes propiedades nutricionales. Contiene fibra, azúcares naturales y minerales como el potasio, además de una amplia variedad de micronutrientes.
Su aporte energético lo convierte en un alimento recomendado para personas con actividad física intensa, mientras que su contenido de fibra contribuye al buen funcionamiento del sistema digestivo. También se destacan sus antioxidantes y compuestos beneficiosos para la salud.
Por estas cualidades, el higo se consume tanto fresco como seco, y se utiliza en una amplia variedad de productos derivados: dulces, mermeladas, conservas, repostería y preparaciones gastronómicas.
La falta de higos en las fruterías no responde a una pérdida de valor del fruto, sino más bien a cambios en los sistemas de producción y consumo. Muchos de los árboles que antes crecían en patios y quintas desaparecieron con la urbanización, mientras que el mercado agrícola priorizó cultivos de mayor escala o con logística más sencilla.
No obstante, especialistas en agricultura sostienen que recuperar el cultivo de la higuera puede representar una oportunidad productiva, especialmente para regiones con climas templados o secos. Además de su valor comercial, el higo conserva una fuerte dimensión cultural: forma parte de recetas tradicionales, dulces caseros y hábitos alimentarios que aún sobreviven en muchas familias.
Volver a plantar higueras, en chacras o incluso en patios domésticos, podría significar no solo recuperar una fruta casi ausente en las fruterías, sino también reconectar con una tradición agrícola simple, sostenible y profundamente arraigada en la historia de la alimentación.












