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La multitudinaria peregrinación a Luján reavivó el llamado a la unidad y la esperanza

Luján: cuando la fe vence a la lluvia y nos recuerda que nadie puede solo. Más de dos millones de peregrinos caminaron cerca de 60 kilómetros hasta el santuario de la Virgen de Luján, bajo la lluvia y el frío. La multitudinaria manifestación de fe dejó algo más que una imagen conmovedora: un llamado a recuperar la fraternidad, sanar los vínculos y encontrar en la esperanza una fuerza para atravesar las dificultades de la vida.

Caminar con fe, aunque el camino duela

Hay caminos que se recorren con los pies y otros que se transitan con el corazón. La peregrinación a Luján volvió a reunir ambas experiencias en una multitud que, pese a la lluvia y las bajas temperaturas, avanzó durante horas para llegar a los pies de la Virgen. Según las estimaciones de la organización, más de dos millones de personas participaron de esta 52.ª edición, renovando una tradición profundamente arraigada en la Argentina.

Desde San Cayetano, en el barrio porteño de Liniers, hasta la Basílica de Luján, los peregrinos recorrieron alrededor de 60 kilómetros cargando mucho más que mochilas, paraguas y ropa mojada. En cada paso viajaron las preocupaciones familiares, las promesas, los agradecimientos, las ausencias y los pedidos por quienes atraviesan enfermedades, problemas económicos o momentos de soledad. Cada caminante tuvo sus propios motivos, pero todos compartieron un mismo destino.

La lluvia pudo empapar la ropa, el frío endurecer los músculos y el cansancio hacer más lento el andar, pero no consiguió apagar el deseo de llegar. En esa perseverancia hay una enseñanza que trasciende cualquier credo: incluso cuando las circunstancias se vuelven adversas, las personas encuentran fuerzas para continuar si existe una razón que las moviliza. A veces esa fuerza nace de la fe; otras, del amor, de una promesa o de la esperanza de que algo pueda mejorar.

Cuando la fe se convierte en refugio

En tiempos difíciles, la fe adquiere un significado especial. No porque haga desaparecer los problemas ni garantice que las respuestas llegarán de inmediato, sino porque ofrece un lugar interior donde depositar los temores, recuperar fuerzas y encontrar sentido cuando la realidad parece demasiado pesada. Para millones de personas, acercarse a la Virgen representa la posibilidad de sentirse escuchadas, acompañadas y comprendidas, aun cuando no encuentren palabras para explicar lo que les sucede.

Cada peregrino llevó una historia que los demás probablemente desconocían. Alguien caminó para agradecer una recuperación; otro, para pedir trabajo; muchos, para acompañar a un familiar enfermo o recordar a un ser querido que ya no está. También hubo quienes avanzaron buscando consuelo ante la incertidumbre. En esa diversidad de necesidades se expresa una verdad profundamente humana: todos, en algún momento, necesitamos algo más que nuestras propias fuerzas para seguir adelante.

La fe, cuando se vive desde la humildad y la solidaridad, no debería convertirse en una frontera que separe a las personas, sino en un puente que las acerque. Tampoco necesita grandes demostraciones para hacerse visible: puede expresarse en una oración silenciosa, una mano tendida, una palabra de aliento o la decisión de acompañar a quien está sufriendo. Quizás allí resida una de sus manifestaciones más valiosas: transformar la esperanza personal en una forma concreta de cuidar a los demás.

«Curar los vínculos»: el mensaje que dejó la peregrinación

Durante la misa central celebrada el domingo 4 de octubre, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, puso el acento en las heridas que atraviesan a la sociedad argentina. El religioso invitó a recuperar el diálogo, el respeto y la fraternidad, y advirtió sobre los efectos de la intolerancia, los insultos y la violencia, tanto física como verbal. Su mensaje buscó que la experiencia compartida durante la caminata no terminara al llegar a la Basílica.

Con una imagen sencilla y profunda, García Cuerva relacionó las ampollas de los peregrinos con las heridas que se producen en la convivencia cotidiana. Pidió «curar los vínculos entre nosotros» y dejar atrás la descalificación que lastima, …

… divide y alimenta el enfrentamiento. También recordó que detrás de cada persona hay una historia, una necesidad y una dignidad que merecen respeto, incluso cuando existen diferencias de pensamiento, de ideas o de convicciones.

El arzobispo también convocó a mirar a quienes atraviesan situaciones de vulnerabilidad: personas sin empleo, quienes viven en la calle, enfermos, adultos mayores, personas con discapacidad y jóvenes afectados por las adicciones. Su planteo fue más allá de la celebración religiosa: invitó a convertir la fraternidad en una conducta cotidiana. Porque no alcanza con conmoverse ante el sufrimiento ajeno durante una ceremonia si después, en la vida diaria, elegimos la indiferencia.

Una Argentina que necesita volver a encontrarse

La imagen de millones de personas caminando juntas contrasta con una sociedad en la que demasiadas conversaciones se convierten en discusiones, las diferencias derivan en enfrentamientos y el desacuerdo parece justificar el desprecio. En ese contexto, la peregrinación ofrece una escena que invita a reflexionar: personas distintas, con historias y pensamientos diversos, compartieron el cansancio, se ayudaron durante el trayecto y buscaron llegar al mismo lugar. La fraternidad dejó de ser una palabra para convertirse en una experiencia.

La Argentina necesita recuperar esa capacidad de reconocerse en el otro. No significa pensar todos de la misma manera ni renunciar a las convicciones, sino comprender que ninguna diferencia política, social o ideológica debería borrar la condición humana de quien tenemos enfrente. Podemos disentir sin humillar, reclamar sin agredir y defender nuestras ideas sin convertir al prójimo en un enemigo. La convivencia democrática también se construye con esos pequeños gestos que parecen insignificantes, pero que sostienen una comunidad.

Las heridas colectivas no se curan de un día para otro. Requieren tiempo, responsabilidad y voluntad para revisar actitudes que se han naturalizado. La violencia verbal, la burla permanente y la descalificación pueden parecer recursos menores frente a problemas económicos y sociales urgentes, pero deterioran la confianza y vuelven más difícil cualquier esfuerzo común. Recuperar los vínculos implica aceptar que el bienestar de una sociedad no depende únicamente de sus recursos materiales, sino también de la calidad humana de las relaciones que la sostienen.

Que la esperanza no termine al llegar

Quizás la enseñanza más importante de Luján no esté solamente en la cantidad de personas que llegaron a la Basílica, sino en aquello que cada una puede llevarse de regreso a su hogar. La peregrinación termina cuando los caminantes dejan atrás el santuario, pero su sentido más profundo comienza cuando vuelven a encontrarse con sus problemas, sus familias, sus vecinos y sus responsabilidades. Es allí donde la fe puede transformarse en paciencia, compromiso, generosidad y voluntad de acompañar.

No todos pueden recorrer 60 kilómetros bajo la lluvia, ni todos encuentran consuelo en las mismas creencias. Sin embargo, el mensaje de fraternidad puede interpelarnos a todos: acercarnos a quien está solo, escuchar sin juzgar, ayudar a quien atraviesa una dificultad y ofrecer una palabra amable cuando el mundo parece demasiado hostil. A veces, el milagro que alguien necesita no llega en forma extraordinaria; comienza con la presencia de otra persona que decide no darle la espalda.

En tiempos de incertidumbre, la fe puede ser una luz para quienes necesitan sostenerse y una invitación a mirar más allá de las propias preocupaciones. Pero la esperanza adquiere su verdadero valor cuando se comparte y se traduce en acciones. Que los pasos dados hacia Luján nos recuerden que todavía podemos construir una sociedad más humana, donde las diferencias no impidan los encuentros y donde nadie tenga que atravesar sus dificultades sintiéndose completamente solo.

Porque, al final, la fe puede ayudarnos a seguir caminando, pero el amor, la solidaridad y el respeto son los que nos permiten caminar juntos. Y quizás ese sea el mensaje más urgente que nos deja esta multitud bajo la lluvia: la Argentina tiene mucho por sanar, muchos abrazos pendientes y una esperanza que merece convertirse en compromiso cotidiano.

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