Hay una Argentina que aparece en las planillas y otra que se descubre cuando se pregunta cómo vive quien trabaja. La primera puede exhibir una desocupación del 7,8% en el primer trimestre de 2026, apenas menor que un año atrás. La segunda muestra otra escena: empleo formal que pierde peso, más informalidad y personas que aceptan ocupaciones insuficientes para sostenerse y mantener un horizonte de progreso.
El 7,8% no es un dato menor: representa a alrededor de 1,72 millones de personas que buscan trabajo y no lo encuentran. Pero el desempleo mide solamente a quienes están sin ocupación, disponibles y buscando activamente. Quedan fuera de ese número quienes desistieron, quienes trabajan pocas horas aunque necesitan más, y quienes sobreviven con changas o actividades precarias. Allí empieza lo que las estadísticas no muestran.
El propio mercado laboral ofrece una señal incómoda. En el primer trimestre, la tasa de empleo no registró un derrumbe, pero la composición sí cambió: perdió participación el empleo asalariado formal y crecieron el cuenta propismo y la informalidad. La estabilidad del desempleo puede ser engañosa: no significa que se generaron puestos de calidad, sino que parte de la población encontró alguna forma de ocupación para no quedar afuera.
También hay que mirar el salario, porque tener empleo no equivale automáticamente a vivir bien. El Ministerio de Trabajo informó que en mayo había 12,751 millones de trabajadores registrados y que el salario promedio del sector privado era de $2.121.005. Mientras tanto, el INDEC informó que más de 10,5 millones de ocupados percibían menos de $1,5 millones mensuales. El contraste revela una economía con ingresos muy desiguales.
El problema se vuelve más evidente cuando se observa el costo de sostener un hogar. La Canasta Básica Total aumentó 2,2% en junio, mientras que la inflación mensual marcó otro ritmo. El salario puede subir en términos …
… nominales y, sin embargo, perder capacidad de compra. Esa diferencia entre lo que se cobra y lo que cuesta vivir explica por qué una persona ocupada puede sentirse más cerca de la vulnerabilidad que de la estabilidad.
Las exigencias para conseguir trabajo también cambiaron. Se piden experiencia, capacitación, adaptación tecnológica, productividad y, cada vez más, competencias que no siempre fueron accesibles para todos. Pero el mercado no ofrece necesariamente una recompensa proporcional. Un postulante puede acumular cursos, experiencia y terminar compitiendo por un ingreso que apenas permite pagar alquiler y alimentos.
Hay además una dimensión que ningún porcentaje captura del todo: el cansancio social. Buscar trabajo, aceptar condiciones inferiores a las esperadas, multiplicar horas para completar ingresos o vivir pendiente de perder el empleo produce incertidumbre. La OIT advierte que la calidad del empleo sigue estancada a escala global y que la informalidad continúa privando a millones de trabajadores de derechos.
El futuro no debería medirse por cuántos puestos existen, sino por qué clase de puestos se crean, cuánto pagan, qué estabilidad ofrecen y qué posibilidades de progreso permiten. Si la salida consiste en reemplazar empleo formal por informalidad, o en convertir el pluriempleo en condición permanente, la estadística podrá mejorar mientras la vida empeora. El desafío es que el trabajo asegure un ingreso suficiente para vivir sin sobresaltos.
Una economía sana debería permitir que trabajar sea un camino de autonomía y no una carrera interminable para vivir. La discusión sobre empleo necesita superar la celebración de una tasa de desempleo estable y mirar salarios, horas trabajadas, registración y distribución del ingreso. Detrás de cada porcentaje hay personas que esperan algo concreto: quieren trabajar, cobrar dignamente y recuperar la posibilidad de proyectar un futuro.
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