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Jóvenes que viven el presente ¿elección de vida o respuesta a la incertidumbre?

Cada vez son más los jóvenes que parecen concentrarse en el presente y encuentran dificultades para imaginar dónde estarán dentro de diez o quince años. El fenómeno puede interpretarse como un cambio cultural, pero también como la consecuencia de un contexto económico y laboral que vuelve difícil proyectar. La pregunta incómoda es si realmente eligieron vivir el día o si, en buena medida, el futuro dejó de ofrecerles certezas.

Hay una escena que empieza a repetirse en la Argentina: jóvenes que parecen vivir con la misma lógica de quienes ya superaron los 60, concentrados en resolver el presente y con escasa capacidad para imaginar el largo plazo. Pero antes de hablar de apatía conviene formular otra pregunta: ¿qué ocurre cuando estudiar, trabajar, ahorrar o independizarse dejan de garantizar un futuro razonablemente previsible?

Un informe de Argentinos por la Educación, basado en PISA 2022, aporta un dato inquietante: el 52% de los estudiantes argentinos de 15 años no pudo identificar una ocupación concreta para su vida adulta. En 2018 eran el 22%. La incertidumbre creció 30 puntos y supera el promedio de la OCDE, que llega al 39%. No es una simple indecisión adolescente: es una señal social que merece mucha atención hoy.

La diferencia social también importa. La incertidumbre sobre el futuro es mayor entre los estudiantes de sectores vulnerables, lo que sugiere que proyectar no depende únicamente de la voluntad individual. Cuando el entorno familiar enfrenta dificultades económicas, cuando el empleo aparece como algo inestable y cuando independizarse parece lejano, pensar en diez años puede convertirse en un ejercicio mucho más difícil que sobrevivir al mes.

El mercado laboral ofrece otra pieza para entender el fenómeno. El INDEC informó que en el primer trimestre de 2026 la desocupación alcanzó el 7,8% y la subocupación el 11,1% en los 31 aglomerados urbanos relevados. A esto se suma una informalidad significativa y un escenario donde muchos jóvenes ingresan al mundo laboral sin encontrar rápidamente estabilidad, carrera ni ingresos que permitan planificar.

Entonces aparece una cuestión incómoda: ¿vivir el día es una elección o una adaptación? Para algunos jóvenes puede ser una forma legítima de priorizar experiencias, libertad y bienestar presente frente a modelos tradicionales de éxito. Para otros, en cambio, puede ser la respuesta racional a un contexto en el que ahorrar, comprar una vivienda o sostener durante décadas una misma profesión parecen metas demasiado inciertas.

La comparación con los mayores de 60 también merece cuidado. Una persona cercana a la jubilación puede concentrarse en el presente porque atravesó décadas de trabajo y construyó una historia que le permite mirar hacia atrás. Un adolescente que no proyecta todavía no tiene ese recorrido. Si ambos terminan pensando solamente en hoy, las razones pueden ser opuestas: uno llegó tras una vida; el otro quizá no encuentre un camino visible para comenzar.

El desafío, por eso, no consiste en exigirles a los jóvenes que vuelvan a soñar como lo hacían generaciones anteriores, ni en idealizar el pasado. Consiste en reconstruir las condiciones para que proyectar vuelva a tener sentido. Educación que oriente, empleo formal, capacitación, acceso a una vivienda y oportunidades reales pueden transformar la incertidumbre en proyectos. El futuro no se ordena con discursos: se vuelve creíble con caminos.

Quizás la pregunta más profunda no sea por qué tantos jóvenes viven el día, sino qué sociedad estamos construyendo cuando una parte importante de ellos no consigue imaginarse dentro de diez o quince años. El 52% registrado por PISA no significa que una generación haya perdido sus sueños; sí advierte que muchos encuentran dificultades para convertirlos en un horizonte concreto. Y cuando el futuro deja de ser promesa, el presente se vuelve refugio.

La discusión, entonces, no debería reducirse a “los jóvenes de hoy no quieren esforzarse”. Tal vez haya que preguntarse qué posibilidades concretas les estamos ofreciendo para que ese esfuerzo tenga sentido. Porque proyectar no es solamente una decisión psicológica: también es un acto de confianza. Se necesita confiar en que estudiar servirá, que trabajar permitirá progresar y que aquello que hoy se construye tendrá algún valor mañana.

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