El creciente deterioro que presentan numerosas rutas provinciales volvió a encender las alarmas entre especialistas y referentes del transporte. El incremento sostenido del tránsito pesado, sumado a la escasa inversión en infraestructura ferroviaria, aparece como uno de los principales factores que aceleran el desgaste del pavimento y elevan los riesgos para quienes circulan diariamente.
Diversos estudios sobre infraestructura vial coinciden en que un solo camión de gran porte puede generar un impacto sobre el pavimento equivalente al producido por miles de automóviles. Ese efecto se multiplica cuando las rutas no fueron diseñadas para soportar el volumen actual de cargas o cuando el mantenimiento periódico resulta insuficiente para acompañar el crecimiento del tránsito pesado.
La situación se profundizó durante las últimas décadas debido a la pérdida de participación del ferrocarril en el transporte de mercaderías. Buena parte de la producción agropecuaria e industrial que históricamente viajaba por tren pasó a trasladarse por carretera, incrementando la circulación de camiones de gran tonelaje sobre corredores provinciales que hoy muestran baches, deformaciones y fisuras cada vez más frecuentes.
Especialistas en logística sostienen que un sistema de transporte equilibrado requiere complementar el uso del camión con una red ferroviaria moderna y eficiente. Mientras el transporte automotor ofrece flexibilidad para los recorridos cortos y la distribución final, el tren resulta más conveniente para trasladar grandes volúmenes a largas distancias, reduciendo costos y disminuyendo el desgaste de la infraestructura vial.
El deterioro del pavimento no solo incrementa los gastos de reparación para los gobiernos provinciales, sino que también repercute directamente sobre los usuarios. Baches, hundimientos y deformaciones elevan el riesgo de siniestros viales, aumentan los costos de mantenimiento de los vehículos y generan demoras que afectan tanto al transporte de cargas como al de pasajeros.
A ello se suma el impacto económico para los sectores productivos. El mal estado de las rutas incrementa el consumo de combustible, acelera el desgaste mecánico de camiones y maquinaria, y encarece los costos logísticos, factores que terminan trasladándose al precio final de los productos y reducen la competitividad de las economías regionales.
Frente a este escenario, distintos especialistas consideran prioritario avanzar en un plan integral que combine la recuperación de la infraestructura vial con la reactivación del sistema ferroviario de cargas. La modernización de las vías, junto con un mantenimiento sostenido de las rutas, permitiría distribuir mejor el tránsito pesado y prolongar la vida útil del pavimento.
El consenso técnico señala que el desafío no pasa únicamente por reparar las rutas dañadas, sino por planificar una política de transporte de largo plazo. La coordinación entre camiones, trenes y obras de infraestructura aparece como una condición indispensable para mejorar la seguridad vial, reducir costos logísticos y garantizar una red de transporte más eficiente y sostenible para el desarrollo productivo.
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