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¿La gente participa menos en instituciones y actividades comunitarias?¿Qué opinás?

Hay un síntoma silencioso en la Argentina de hoy que no figura en los índices de inflación ni en las cotizaciones del dólar, pero que está calando hondo en el tejido social: el vacío en los clubes de barrio, las cooperadoras escolares y las sociedades de fomento. Ante la pregunta de si participamos menos en nuestras instituciones comunitarias, la respuesta cruda es sí. Pero no es por apatía; es por extenuación.

Históricamente, la Argentina construyó su clase media y su cohesión social desde abajo hacia arriba. El club no era solo el lugar donde se pateaba una pelota; era el espacio donde se dirimían proyectos colectivos. Hoy, ese modelo está bajo asedio por una doble pinza: la urgencia económica y el repliegue digital. En lo económico, la lógica es implacable. Cuando llegar a fin de mes exige doble empleo o estirar las horas de trabajo informal, el tiempo se convierte en el bien más escaso y lujoso.

La participación comunitaria requiere un resto físico y mental que la inflación y la incertidumbre diaria devoran. No se puede pedir militancia vecinal a quien está calculando si llega a pagar la boleta de luz de su propio hogar. Las instituciones, a su vez, sufren el mismo ahogo: mantener un club con tarifas de servicios públicos por las nubes y cuotas sociales que los vecinos ya no pueden sostener es una misión kamikaze para cualquier comisión directiva.

A este escenario se le suma un cambio de época social. El sálvese quien pueda económico dialoga a la perfección con el aislamiento de las pantallas. La comunidad tradicional, que requería poner el cuerpo, debatir en asambleas a veces tediosas y ceder en pos de un consenso, compite en desventaja contra la inmediatez de la indignación en redes sociales o el refugio del consumo puertas adentro. Pareciera que cambiamos el compromiso colectivo por el clic individual.

El peligro de este repliegue es que los lazos sociales no son elásticos. Cuando una sociedad de fomento cierra o una biblioteca popular se queda sin voluntarios, lo que se pierde no es un edificio, sino el capital social: la confianza en el vecino, la red de contención que opera cuando el Estado no llega y el mercado no lo ve rentable.

La crisis actual no solo nos está empobreciendo los bolsillos; está achicando nuestro espacio común. Si permitimos que la urgencia económica nos encierre del todo en la supervivencia individual, corremos el riesgo de encontrarnos, el día que pase la tormenta, con un país económicamente viable pero socialmente desierto. Reabrir las puertas de lo comunitario no es un pasatiempo; hoy es, fundamentalmente, un acto de resistencia.

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