La muerte de un coipo —popularmente conocido como nutria— a manos de dos jóvenes oriundos de Huanguelén en las calles de Bahía Blanca provocó una conmoción que rápidamente trascendió los límites de la región para convertirse en un tema de alcance nacional. La viralización del video, las denuncias de organizaciones proteccionistas, la intervención judicial, los allanamientos, las sanciones institucionales, la repercusión mediática y hasta la participación de figuras políticas de máxima relevancia colocaron el caso en el centro de la agenda pública.
Resulta imposible no condenar lo ocurrido. Las imágenes muestran un acto de crueldad injustificable contra un animal indefenso. La violencia ejercida sobre cualquier ser vivo merece el repudio social y la intervención de la Justicia cuando corresponde. Una sociedad que naturaliza el maltrato animal difícilmente pueda considerarse plenamente civilizada. Esa discusión está saldada.
Sin embargo, una vez expresado ese rechazo, surge una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué nos dice esta reacción colectiva sobre nosotros mismos como sociedad? En pocos días se sucedieron denuncias penales, allanamientos en Bahía Blanca y Huanguelén, secuestro de teléfonos celulares, investigaciones judiciales, pronunciamientos institucionales y una exposición pública extraordinaria de los involucrados.
La repercusión alcanzó dimensiones que pocos hechos policiales de gravedad logran obtener en nuestro país. La cuestión no es si el hecho debía investigarse. Debía hacerlo. La cuestión es preguntarse por qué determinados episodios generan semejante movilización social mientras otros, muchas veces infinitamente más graves, desaparecen rápidamente de la conversación pública.
Argentina convive desde hace años con homicidios sin resolver, casos de corrupción que involucran millones de pesos, redes de narcotráfico que destruyen barrios enteros, delitos violentos que dejan víctimas irreparables y tragedias familiares que rara vez consiguen sostener la atención colectiva durante más de algunos días. Sin embargo, el caso de la nutria logró instalarse durante horas y días en redes sociales, medios de comunicación y ámbitos políticos de todo el país.
Tal vez una explicación se encuentre en la lógica de estos tiempos. Las redes sociales han transformado la indignación en un fenómeno instantáneo. Las imágenes generan reacciones emocionales inmediatas. El algoritmo premia …
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… la conmoción, la condena rápida y el juicio público. Cuanto más impactante es un video, mayor es su capacidad para convertirse en tendencia. Y una vez que la ola comienza, detenerla resulta prácticamente imposible.
En ese contexto, aparece otro fenómeno preocupante: la sustitución de la Justicia por el escarnio social. La propia denunciante del caso advirtió públicamente que numerosas personas intentaban obtener datos personales y domicilios de los jóvenes involucrados, con intenciones que excedían cualquier reclamo legítimo y se acercaban peligrosamente al linchamiento social.
Cuando la indignación se convierte en odio, la sociedad corre el riesgo de reproducir la misma violencia que dice combatir. El verdadero desafío consiste en sostener dos ideas al mismo tiempo. La primera: los responsables deben responder ante la ley por sus actos. La segunda: ninguna persona debería ser transformada en objeto de persecución permanente por parte de una multitud digital.
Quizás el aspecto más inquietante de todo este episodio sea la facilidad con la que la sociedad establece escalas de importancia emocional. Un hecho condenable termina ocupando durante días un espacio que otras tragedias humanas, muchas veces más graves y dolorosas, no consiguen alcanzar. No porque la muerte del animal no importe, sino porque parece evidente que existen mecanismos colectivos que magnifican algunos acontecimientos mientras invisibilizan otros.
La reflexión de fondo trasciende a los dos jóvenes, a la nutria y a Bahía Blanca. Habla de una época donde la viralización determina prioridades, donde la indignación suele ser selectiva y donde la atención pública muchas veces se concentra más en aquello que genera impacto inmediato que en los problemas estructurales que afectan cotidianamente a millones de personas. La Justicia debe actuar. La sociedad debe repudiar la crueldad.
Pero también sería saludable preguntarnos si estamos dedicando la misma energía, la misma pasión y la misma exigencia a reclamar respuestas por los dramas humanos, sociales e institucionales que permanecen irresueltos desde hace años. Porque una sociedad madura no sólo se define por aquello que condena, sino también por su capacidad para establecer proporciones, prioridades y sentido común en medio del ruido de la época.
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Una respuesta
Felicitaciones por la nota. Estoy en un todo de acuerdo con lo expresado en la misma
Ocurre también que nos estamos acostumbrando a que nos pasen cuatro noticias de asaltos y te las repiten cada media hora, o sea 48 veces por día.
Y lo más triste, es que el poder policial no tiene las herramientas ni los recurso para hacer nada, ves móviles policiales destruidos, algunos nuevos que se los dan a conducir a pibes que ingresan a la fuerza y nunca habían manejado uno, luego terminan destruidos en un depósito de chatarra policial. La justicia es lenta, las causa prescriben y los delincuentes siguen sueltos.
Como siempre las malas noticias son noticia y las buenas, no lo son.