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Saldo negativo por primera vez en la provincia: más muertes que nacimientos

La Provincia entra en una nueva era demográfica: cuando mueren más bonaerenses de los que nacen. La caída sostenida de la natalidad y la estabilización de una mortalidad elevada marcaron en 2025 un quiebre histórico en la provincia de Buenos Aires. Por primera vez en los registros recientes, el saldo natural fue negativo. El dato no es aislado ni coyuntural: es la confirmación estadística de un cambio estructural.

La provincia de Buenos Aires atraviesa un punto de inflexión demográfico silencioso pero profundo. En 2025, los datos oficiales del Registro de las Personas confirmaron un hecho inédito en la serie reciente: las defunciones superaron a los nacimientos, dando lugar a un saldo natural negativo que redefine la dinámica poblacional del distrito más grande del país.

Durante el año se registraron 121.303 nacimientos, frente a 134.131 fallecimientos. La diferencia no solo es numérica; es simbólica. Marca el momento en que el descenso de la natalidad, observado durante años, deja de ser una tendencia en formación para convertirse en una realidad consolidada.

Una caída que ya no admite lecturas temporales

El retroceso de los nacimientos en la provincia es constante y pronunciado. En apenas cinco años, la cifra anual cayó más de un 35%. En 2020, el año con mayor natalidad de la década, se contabilizaron 186.588 nacimientos, un promedio de 511 por día. En 2025, ese número se redujo a poco más de 330 nacimientos diarios.

Entre ambos extremos, la secuencia es clara:

2021: 166.102 nacimientos
2022: 154.047
2023: 141.787
2024: 131.188
El promedio anual del período 2020–2025 ronda los 150 mil nacimientos, muy por debajo de los niveles históricos. El descenso ya no puede explicarse como un efecto transitorio de la pandemia o como una postergación circunstancial: la natalidad está estructuralmente en baja.

Mortalidad: del pico pandémico a una meseta alta

El comportamiento de las defunciones siguió un camino diferente. El año 2021, atravesado por el impacto pleno del COVID-19, marcó el récord de la década con 167.135 fallecimientos. Luego de ese pico excepcional, las muertes descendieron, pero no regresaron a los niveles previos.

En la actualidad, la provincia registra alrededor de 145 mil defunciones anuales. Esa estabilización en valores elevados, combinada con la caída persistente de los nacimientos, explica por qué el saldo vegetativo ingresó en terreno negativo sin necesidad de un nuevo shock sanitario.

Estacionalidad y señales persistentes

Los registros históricos muestran patrones estacionales que se repiten con notable regularidad. Junio y julio concentran la mayor cantidad de defunciones, mientras que noviembre y diciembre suelen ser los meses con menos nacimientos. Estas regularidades refuerzan la idea de que los datos de 2025 no responden a anomalías puntuales, sino a comportamientos demográficos consolidados.

Los datos preliminares de 2026 —aún incompletos— profundizan la señal de alerta: en lo que va del año, las defunciones triplican a los nacimientos. Si bien esta relación debe analizarse con cautela por tratarse de información parcial, confirma que el cambio demográfico no se detuvo con el cierre de 2025.

Más que números: un cambio de época

El fenómeno bonaerense no es una excepción. Se inscribe en un proceso más amplio que atraviesa a la Argentina y a buena parte del mundo: menos hijos, maternidades más tardías, cambios culturales, incertidumbre económica y transformaciones profundas en los proyectos de vida.

Sin embargo, en la provincia de Buenos Aires los números adquieren una dimensión particular. El saldo natural negativo implica, a largo plazo, envejecimiento poblacional, presión creciente sobre los sistemas de salud y previsión social, y desafíos estructurales para el mercado laboral y el desarrollo económico.

El futuro que llegó antes

Durante años, los demógrafos proyectaron este escenario como un horizonte lejano. Hoy, los registros oficiales muestran que ese futuro ya comenzó. La provincia no está perdiendo población por migraciones masivas, sino por una transformación silenciosa en su estructura vital.

El dato de 2025 no es una alarma aislada: es una advertencia estadística. La pregunta que queda abierta no es si el cambio continuará, sino cómo se adaptarán las políticas públicas, la economía y la sociedad a una provincia que empieza a crecer menos —o directamente deja de crecer— desde su base demográfica.

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