Durante la última década, millones de venezolanos abandonaron su país empujados por una realidad común: trabajar ya no garantizaba vivir. Tener empleo dejó de ser sinónimo de estabilidad, progreso o incluso supervivencia. Hoy, al observar ciertas señales en la Argentina —precarización laboral, caída del salario real, incertidumbre económica— muchos se preguntan si esa experiencia puede repetirse. Comparar no implica afirmar que los destinos sean idénticos, pero las similitudes merecen atención.
El punto de quiebre: cuando el salario pierde sentido. En Venezuela, la huida masiva no comenzó con una persecución política generalizada, sino cuando el salario se volvió irrelevante. Profesionales, técnicos, docentes y trabajadores formales descubrieron que su ingreso mensual no cubría ni una fracción de la canasta básica. El empleo dejó de ser una vía de movilidad social y pasó a ser una trampa de pobreza.
En la Argentina actual, aunque el contexto institucional es distinto, aparece una señal inquietante:
Trabajadores formales que no llegan a fin de mes.
Jóvenes que encadenan empleos precarios sin perspectiva de progreso.
Profesionales que consideran emigrar porque el esfuerzo ya no se traduce en bienestar.
La experiencia venezolana muestra que no es necesario que desaparezca el trabajo para que comience la migración, basta con que pierda su capacidad de sostener una vida digna.
Uno de los motores más potentes del éxodo venezolano fue psicológico y social: la pérdida de horizonte. No se trataba solo del presente difícil, sino de la certeza de que el futuro no ofrecía mejoras. Cuando la gente deja de proyectar —comprar una vivienda, formar una familia, crecer profesionalmente— empieza a mirar hacia afuera.
En Argentina, crece una sensación similar en ciertos sectores:
La idea de que “trabajando no alcanza”.
La percepción de que el esfuerzo individual no modifica el resultado.
El aumento de planes de emigración, especialmente entre jóvenes calificados.
La migración masiva no ocurre de un día para otro; se cocina lentamente en la frustración acumulada.
El deterioro de lo público como factor clave
En Venezuela, la crisis laboral se combinó con el colapso de servicios esenciales: salud, educación, transporte, energía. Esto empujó incluso a quienes tenían ingresos relativamente estables a irse. El salario ya no solo debía cubrir consumo, sino suplir lo que el Estado no proveía.
Cuando en Argentina se discute el ajuste, la eficiencia o el achicamiento del Estado, la experiencia venezolana deja una lección clara: si el ingreso cae y los servicios públicos también, la presión migratoria se multiplica.
Una diferencia clave (y una advertencia): Argentina no es Venezuela. Tiene instituciones democráticas vigentes, alternancia política y una economía más diversificada. Pero Venezuela tampoco colapsó de golpe. El deterioro fue gradual, normalizado, muchas veces negado hasta que fue irreversible. La lección no es alarmismo, sino prevención:
Cuando el trabajo deja de ofrecer dignidad, la gente se va.
Cuando la esperanza desaparece, la migración se vuelve masiva.
Y cuando un país expulsa a sus trabajadores y jóvenes, pierde algo más que población: pierde futuro.
Conclusión
La huida venezolana no fue solo política ni solo económica: fue laboral y existencial. Argentina aún está a tiempo de evitar ese camino, pero la historia reciente de la región muestra que ningún país es inmune cuando el empleo deja de ser una promesa de progreso. Mirar a Venezuela no es un ejercicio ideológico, sino un espejo incómodo. Ignorarlo sería repetir un error que ya tuvo consecuencias devastadoras para millones.












