El ataque sufrido por Federico, un adolescente con discapacidad motriz, no es solo un hecho policial ni un caso aislado de bullying extremo: es un síntoma alarmante de una profunda debacle social. Que un grupo de estudiantes -en este caso de la localidad de 9 de Julio- haya organizado deliberadamente un acto de hostigamiento nocturno, cargado de insultos discriminatorios y violencia simbólica, habla de una sociedad que está fallando en sus valores más básicos.
Los agresores no actuaron por impulso. Llegaron en varios vehículos, eligieron la madrugada y repitieron insultos históricamente usados para deshumanizar a las personas con discapacidad. Esa planificación revela algo más grave que una “broma pesada”: evidencia una cultura de la crueldad, donde el dolor ajeno se convierte en espectáculo y la diferencia en blanco de ataque. Cuando jóvenes reproducen este nivel de violencia, es inevitable preguntarse qué modelos están absorbiendo, qué discursos escuchan y qué silencios los habilitan.
La discapacidad, en este contexto, no es solo una condición física: se convierte en excusa para la humillación. Las palabras utilizadas no son inocentes; arrastran una larga historia de exclusión, desprecio y negación de derechos. Que sigan circulando con tanta liviandad demuestra que la inclusión muchas veces queda reducida a consignas vacías, sin un verdadero trabajo educativo y cultural que la sostenga.
Pero la responsabilidad no recae únicamente en quienes cometieron el ataque. También interpela a las instituciones educativas, a las familias y a la comunidad en su conjunto. ¿Qué tipo de formación ética se está ofreciendo? ¿Qué lugar ocupan la empatía, el respeto y la diversidad en la educación cotidiana? La escuela no puede limitarse a transmitir contenidos académicos: debe ser un espacio activo de construcción de ciudadanía y de rechazo claro a toda forma de discriminación.
La reacción de la comunidad y la decisión de la familia de denunciar son pasos fundamentales. No por sed de castigo, sino porque la impunidad consolida la violencia. Nombrar el hecho como lo que es —un ataque discriminatorio— es imprescindible para que no se diluya en excusas o minimizaciones. La justicia, las autoridades educativas y los referentes sociales deben actuar con firmeza y coherencia.
Este episodio nos obliga a mirarnos como sociedad. Cuando un adolescente es atacado en su propia casa por el solo hecho de ser diferente, no estamos ante un problema individual, sino ante una fractura moral colectiva. La verdadera debacle social no es solo la violencia explícita, sino la indiferencia que permite que ocurra. Reparar ese daño exige mucho más que sanciones: requiere un compromiso real con la dignidad humana, empezando por quienes más necesitan ser protegidos.
#9deJulio “PARALÍTICO, IMBÉCIL”: ALUMNOS DE UN RECONOCIDO COLEGIO, PASARON EN CAMIONETAS POR LA PUERTA DE LA CASA DE UN COMPAÑERO DE LA ESCUELA CON DISCAPACIDAD MOTRIZ Y ADEMÁS DE INSULTOS DISCRIMINATORIOS LANZARON FUEGOS ARTIFICIALES CONTRA LAS VENTANAS
— 24con (@24conurbano) December 26, 2025
Desde los vehículos,… pic.twitter.com/7HesKA5vTo












