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El desgaste de la política: cuando el pasado justifica la inacción

El desgaste de la política: cuando el pasado justifica la inacción

La política, en su concepción más noble, debería representar el progreso, la resolución de problemas y la construcción de un futuro mejor. Sin embargo, en muchas sociedades contemporáneas, se ha convertido en un juego de justificaciones y responsabilidades transferidas. Los líderes políticos suelen argumentar sus decisiones en función de lo que hicieron sus predecesores, en lugar de asumir un verdadero compromiso con el cambio.

Esto ha generado un profundo hastío en la sociedad, que ve con escepticismo las promesas de transformación que rara vez se cumplen. Uno de los principales problemas de esta práctica es la falta de rendición de cuentas. Cuando los políticos justifican sus errores o acciones basándose en decisiones previas, diluyen su responsabilidad.

En lugar de abordar los problemas con soluciones innovadoras, se escudan en la historia para perpetuar vicios y estrategias que ya han demostrado ser ineficientes o perjudiciales. Este círculo vicioso contribuye a la desconfianza ciudadana y al desencanto con el sistema democrático.

El discurso político, en muchos casos, se ha convertido en un juego de espejos donde las administraciones actuales se comparan con las anteriores para minimizar sus fracasos.

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“No hemos hecho nada peor que los anteriores” se convierte en un lema implícito que justifica la inacción o la mediocridad. Este tipo de retórica no solo desmotiva la participación ciudadana, sino que también normaliza la falta de progreso real en políticas públicas.

El hastío social hacia esta forma de hacer política se traduce en diversos síntomas: baja participación electoral, incremento del voto en blanco o nulo, y una creciente indiferencia hacia las instituciones. La ciudadanía deja de creer en la posibilidad de un cambio real porque percibe que todos los gobiernos, independientemente de su ideología, terminan repitiendo las mismas prácticas y errores.

Es necesario replantear la manera en que se hace política. Los líderes deben asumir sus responsabilidades sin recurrir constantemente al pasado como excusa. La sociedad demanda una gestión basada en resultados y no en comparaciones estériles. Para recuperar la confianza ciudadana, la política debe centrarse en propuestas concretas, innovación y un compromiso real con la transparencia y la eficiencia.

El cambio no es imposible, pero requiere voluntad y una sociedad que exija responsabilidad en lugar de justificaciones. Mientras la política continúe aferrada a su pasado como pretexto, el hastío ciudadano solo seguirá en aumento.

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