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Lo peor que hacen los malos es obligarnos a dudar de los buenos

Hay daños que no terminan cuando se descubre una mentira, se confirma una traición o sale a la luz un acto de corrupción. Sus consecuencias pueden prolongarse durante años, instalando una sospecha que alcanza incluso a quienes nunca hicieron daño. Jacinto Benavente, dramaturgo español y premio Nobel de Literatura, resumió esa herida con una frase tan breve como profunda: «Lo peor que hacen los malos es obligarnos a dudar de los buenos».

La reflexión adquiere especial significado en una sociedad argentina atravesada por enfrentamientos políticos, denuncias de corrupción, promesas incumplidas y una creciente dificultad para distinguir entre información, propaganda y engaño. Cuando quienes ejercen responsabilidades públicas decepcionan a la ciudadanía, el perjuicio no se limita a una gestión o a un partido: también se deteriora la confianza en las instituciones y en la posibilidad de construir un futuro diferente.

El problema aparece cuando la indignación legítima se transforma en desconfianza permanente. Si cada denuncia nos convence de que todos son iguales, si cada promesa incumplida nos lleva a pensar que nadie actúa de buena fe, quienes obran correctamente terminan pagando por los errores ajenos. Así, la conducta de unos pocos puede terminar destruyendo algo esencial para la convivencia: la capacidad de reconocer la honestidad cuando realmente está delante de nosotros.

La Argentina ofrece motivos para reflexionar sobre ese peligro. El Digital News Report 2026 del Instituto Reuters registró que apenas el 26% de los encuestados argentinos confía en las noticias en general, seis puntos menos que el año anterior. En un ecosistema mediático polarizado, donde las redes amplifican enfrentamientos y versiones interesadas, recuperar la confianza exige información verificable, autocrítica y una ciudadanía dispuesta a cuestionar también aquello que coincide con sus propias convicciones.

La política tiene una responsabilidad particular en esta crisis. Quienes aspiran a representar a la sociedad no pueden exigir confianza ciega ni convertir cualquier cuestionamiento en una agresión. La honestidad se demuestra con hechos, transparencia y coherencia entre las palabras y las decisiones. Cuando aparecen denuncias, corresponde investigarlas con independencia y respetar la presunción de inocencia, sin encubrir responsabilidades ni condenar anticipadamente a nadie por conveniencia partidaria.

Pero esta reflexión también nos involucra como ciudadanos. Con frecuencia, exigimos transparencia mientras compartimos información sin verificar, reclamamos respeto mientras descalificamos a quien piensa distinto y denunciamos las mentiras ajenas sin revisar las que favorecen nuestras preferencias. La integridad no puede depender de quién comete una falta. Si condenamos una conducta únicamente cuando perjudica a nuestro sector, no defendemos principios: defendemos intereses disfrazados de convicciones.

La maldad, además, no siempre se presenta con gestos extraordinarios. Puede esconderse en una pequeña estafa, en el abuso de confianza, en la indiferencia ante el sufrimiento ajeno o en la decisión de perjudicar a alguien para obtener una ventaja. Frente a esas conductas, la bondad tampoco necesita grandes discursos: se expresa en la palabra cumplida, la solidaridad silenciosa, el trabajo honesto y la capacidad de hacer lo correcto incluso cuando nadie observa.

Sin embargo, confiar no significa ser ingenuos. La bondad no obliga a cerrar los ojos ante las injusticias, ni el perdón exige olvidar las responsabilidades. Una sociedad madura necesita aprender a distinguir entre la generosidad y el engaño, entre la crítica legítima y la difamación, entre el error humano y la conducta deliberadamente deshonesta. La confianza más sólida no nace de ignorar los riesgos, sino de saber que existen personas dispuestas a actuar con rectitud y a responder por sus actos.

Quizás la mayor victoria de quienes engañan no sea conseguir que creamos sus mentiras, sino convencernos de que la verdad ya no importa; no sea perjudicar a una persona honesta, sino lograr que dejemos de buscarla. Cuando el cinismo se convierte en norma, la sociedad pierde referentes, la solidaridad se debilita y cada individuo termina encerrado en sus propias sospechas. Entonces, la desconfianza deja de ser una defensa y comienza a convertirse en otra forma de derrota colectiva.

Por eso, la frase de Benavente sigue interpelándonos: no permitamos que las malas acciones nos arrebaten la capacidad de reconocer las buenas. Investiguemos, cuestionemos y exijamos justicia, pero sin renunciar a la esperanza ni condenar a todos por los errores de algunos. En tiempos donde resulta fácil desconfiar y difícil creer, preservar la confianza en las personas honestas también es una forma de resistencia moral. Porque cuando dejamos de creer que la bondad es posible, quienes destruyen la confianza terminan ganando mucho más de lo que imaginamos.

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