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¿De qué libertad hablamos mientras hay hermanos encadenados a la pobreza?

Análisis | Sociedad, economía y derechos humanos.- Hay frases que atraviesan las décadas porque conservan intacta su capacidad de interpelarnos. “Acaso soy libre si mi hermano se encuentra todavía encadenado a la pobreza”, reflexionó Barbara Ward (1914-1981), economista, periodista y educadora británica. Su pregunta adquiere una vigencia dolorosa en la Argentina de hoy, donde la libertad ocupa el centro del discurso político, mientras millones de personas siguen luchando por satisfacer sus necesidades más elementales.

La frase no niega el valor de la libertad individual; la coloca frente a una responsabilidad colectiva. ¿Qué significa ser libre en una sociedad donde el acceso a la alimentación, la vivienda, la salud y la educación depende cada vez más de la capacidad económica de cada familia? ¿Puede una democracia considerarse plenamente justa cuando una parte de sus ciudadanos debe resignarse a sobrevivir, mientras otra disfruta de oportunidades que parecen pertenecer a mundos diferentes?

Los datos oficiales obligan a mirar más allá de las consignas. Según el INDEC, la pobreza alcanzó al 32,3% de la población durante el primer semestre de 2026, frente al 28,2% del semestre anterior. La indigencia también subió, del 6,3% al 7,5%. Detrás de estos porcentajes hay millones de personas para quienes llegar a fin de mes no constituye una meta económica, sino una angustia cotidiana.

Es justo reconocer que la pobreza había descendido considerablemente desde el pico registrado en los primeros meses de 2024. Esa mejora fue un argumento central del Gobierno de Javier Milei para defender su programa económico. Pero el reciente retroceso demuestra que una reducción estadística, por importante que sea, no garantiza por sí sola una recuperación duradera del bienestar. La estabilidad necesita traducirse en ingresos suficientes, empleo digno y posibilidades concretas de progreso.

El problema se vuelve todavía más doloroso cuando observamos a la infancia. UNICEF informó que, durante el segundo semestre de 2025, el 42,3% de niñas, niños y adolescentes vivía en hogares pobres. Su estimación para la primera mitad de 2026 anticipaba un nuevo deterioro. Cuando un chico crece con hambre, abandona oportunidades educativas o no recibe la atención que necesita, no solo sufre el presente: también ve condicionado su futuro.

La pobreza infantil debería ser una de las mayores urgencias de cualquier gobierno, sin distinción partidaria. No hay equilibrio fiscal que pueda considerarse un éxito completo si su contracara es una generación que pierde oportunidades antes de tener la posibilidad de elegir. Tampoco alcanza con la asistencia alimentaria, aunque resulte imprescindible: hacen falta educación de calidad, salud accesible, viviendas dignas, protección social y políticas que permitan a las familias vivir de su trabajo.

La discusión económica argentina suele quedar atrapada entre dos trincheras. De un lado, quienes consideran que ordenar las cuentas públicas es la condición indispensable para recuperar la estabilidad; del otro, quienes advierten sobre el costo social del ajuste y reclaman mayor protección. Sin embargo, una mirada verdaderamente responsable debería superar esa falsa disyuntiva: las cuentas públicas importan, pero también importa quién paga el costo de ordenarlas y quiénes reciben los beneficios de la recuperación.

Los indicadores laborales agregan otra preocupación. Un informe del centro de estudios CIFRA señaló que la informalidad llegó al 44,2% en el primer trimestre de 2026 y que, entre noviembre de 2023 y mayo de 2026, se perdieron más de 337.000 puestos asalariados registrados, tanto privados como públicos. La creación de empleo precario y el deterioro de los salarios dificultan que el crecimiento de determinados sectores se convierta en bienestar para el conjunto de la sociedad.

Porque trabajar no debería ser otra forma de permanecer pobre. Quien cumple una jornada, cobra su salario y aun así no puede cubrir las necesidades básicas de su familia experimenta una frustración que las estadísticas difícilmente expresan. Lo mismo ocurre con los jubilados que deben elegir entre medicamentos y alimentos, con los jóvenes que postergan sus estudios y con quienes, después de toda una vida de esfuerzo, descubren que la tranquilidad económica sigue siendo un privilegio.

En ese escenario, la solidaridad no puede reducirse a una colecta ocasional, un plato de comida o una campaña de donaciones, por valiosos que sean esos gestos. La ayuda entre vecinos sostiene a quienes atraviesan momentos difíciles, pero no reemplaza la responsabilidad del Estado ni la necesidad de una economía capaz de generar oportunidades. Una sociedad justa no debería depender exclusivamente de la buena voluntad de sus integrantes para garantizar que nadie quede abandonado.

También existe una responsabilidad empresarial y social: generar empleo, respetar derechos, promover la capacitación y comprender que el éxito económico pierde parte de su sentido cuando convive con la exclusión permanente. La libertad de emprender, producir y prosperar es legítima; pero una comunidad no puede desentenderse de quienes quedaron rezagados. La competencia puede impulsar el desarrollo, aunque necesita reglas que impidan que las oportunidades se concentren siempre en los mismos sectores.

La frase de Barbara Ward interpela, además, a cada ciudadano. Es sencillo reclamar libertad cuando tenemos un techo, comida en la mesa, atención médica y posibilidades de elegir. Mucho más difícil es comprender lo que significa esa palabra para quien vive pendiente del precio de los alimentos, teme perder su empleo o no sabe cómo sostener a sus hijos. La empatía comienza cuando dejamos de considerar el sufrimiento ajeno como un problema distante y reconocemos que forma parte de nuestra propia realidad colectiva.

En la Argentina, las diferencias políticas no deberían impedir acuerdos básicos sobre la dignidad humana. Ningún partido tiene el monopolio de la sensibilidad social, como tampoco puede atribuirse en exclusiva el mérito de buscar estabilidad y crecimiento. Lo que sí puede exigirse a todos los espacios de poder es responsabilidad: evaluar los resultados, corregir las políticas que no funcionan y evitar que las necesidades de la población se conviertan en simples herramientas de confrontación electoral.

La verdadera medida de una nación no está únicamente en sus reservas, sus exportaciones, su superávit o sus indicadores de inflación. También está en la posibilidad de que una familia coma todos los días, un chico aprenda sin hambre, un trabajador viva de su salario y un adulto mayor transite sus últimos años con respeto y seguridad. Esos objetivos no son enemigos del progreso económico: deberían ser parte esencial de su propósito.

Quizás allí resida la pregunta más profunda de Barbara Ward. ¿De qué sirve proclamar que somos libres si tantos compatriotas carecen de las condiciones mínimas para construir su propio destino? La libertad no pierde valor cuando se acompaña de solidaridad; por el contrario, adquiere un sentido más pleno cuando deja de ser un privilegio individual y se convierte en una posibilidad real para todos.

Mientras haya un argentino que no pueda alimentarse dignamente, un niño cuyo futuro esté condicionado por el lugar donde nació o una familia condenada a vivir sin oportunidades, nuestra libertad seguirá siendo incompleta. No se trata de negar los esfuerzos, desconocer los avances ni simplificar una crisis compleja. Se trata de comprender que el progreso que deja atrás a una parte de su pueblo todavía tiene una deuda pendiente.

Porque la pobreza no es solamente la falta de dinero: es también la pérdida de tiempo, de tranquilidad, de oportunidades y, muchas veces, de esperanza. Y una sociedad que se acostumbra a convivir con esa realidad corre el riesgo de naturalizar una injusticia que debería indignarla. La libertad de uno no puede medirse ignorando las cadenas del otro. Solo cuando la dignidad deje de ser un privilegio y se convierta en un derecho efectivo podremos decir que somos, verdaderamente, una sociedad libre.

Fuentes consultadas
– INDEC — Indicadores de pobreza e indigencia.
– UNICEF Argentina — Informe sobre pobreza infantil.
– CIFRA — Informe sobre la situación del mercado de trabajo

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