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La novela Adorni: el final de un capítulo, no de una forma de hacer política

La oficialización de la renuncia de Adorni pone punto final a una de las tantas novelas políticas que atravesaron al gobierno de Javier Milei. Una historia que se extendió durante semanas entre especulaciones, desmentidas y versiones cruzadas, alimentando un clima de incertidumbre que contrasta con la promesa fundacional de una administración que aseguraba venir a terminar con “la casta” y a diferenciarse de las prácticas que durante años criticó.

Cuando Milei llegó al poder, el mensaje era claro: transparencia, austeridad y una ruptura con la vieja política. Sin embargo, con el correr de los meses, la agenda pública comenzó a poblarse de episodios que recuerdan demasiado a aquello que el oficialismo prometía dejar atrás.

La polémica por el caso Libra, las denuncias vinculadas a la ANDIS, las controversias que involucraron a José Luis Espert, los cuestionamientos alrededor de integrantes de la familia Menem, las denuncias por presuntas coimas en distintos ámbitos del Estado y las investigaciones relacionadas con áreas de Desarrollo Social fueron conformando una sucesión de episodios que desgastan el discurso de la excepcionalidad.

Cada caso tiene su propia naturaleza y su propio recorrido judicial o administrativo. Algunos están bajo investigación, otros permanecen en el terreno de la denuncia política y otros aún esperan definiciones de la Justicia. Pero el problema …

… para el Gobierno no es únicamente jurídico. Es, sobre todo, político. Porque quien construyó su identidad denunciando los privilegios de la dirigencia quedó atrapado bajo una vara mucho más exigente que la de sus antecesores.

Quien prometió ser distinto no puede conformarse con explicar que “todos los gobiernos pasan por lo mismo”. Precisamente esa era la lógica que decía venir a combatir. La renuncia de Adorni puede cerrar un capítulo, pero difícilmente clausure el debate de fondo. Cada nueva controversia erosiona el capital simbólico construido alrededor de la idea de que existía una manera completamente diferente de administrar el Estado.

La sociedad argentina no votó únicamente un cambio económico. También respaldó una promesa ética. Y las promesas, cuando se incumplen o aparecen rodeadas de dudas, suelen tener un costo político mayor que los errores de quienes nunca prometieron cambiar las reglas del juego. Tal vez el verdadero desafío del Gobierno ya no sea convencer de que la “casta” existe.

Ese diagnóstico fue, en buena medida, compartido por millones de argentinos. El desafío es demostrar que quienes llegaron para reemplazarla no terminarán reproduciendo las mismas prácticas que durante años señalaron como responsables de la decadencia del país. Porque las novelas políticas pueden terminar con una renuncia. Pero la credibilidad solo se recupera con hechos.

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