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Muchos jueces son incorruptibles, nadie puede inducirlos a hacer justicia

Cuando la Justicia deja de ser justicia. “Muchos jueces son incorruptibles, nadie puede inducirlos a hacer justicia.” La frase del dramaturgo alemán Bertolt Brecht conserva una vigencia sorprendente y plantea una paradoja inquietante: la honestidad personal de un juez no garantiza, por sí sola, que exista justicia.

En la Argentina, donde el funcionamiento del Poder Judicial suele ocupar el centro del debate público, esta reflexión invita a mirar más allá de las acusaciones de corrupción. Porque el problema no siempre pasa por jueces que aceptan sobornos o actúan por intereses económicos. Muchas veces, el cuestionamiento apunta a otro aspecto: la lentitud de los procesos, las decisiones contradictorias, las interpretaciones dispares de las leyes o la sensación de que algunos expedientes avanzan con mayor rapidez que otros.

La confianza en la Justicia no depende únicamente de la integridad moral de quienes la integran. También exige independencia, eficiencia, igualdad ante la ley y previsibilidad. Un juez puede ser completamente honesto y, sin embargo, dictar resoluciones que la sociedad perciba como alejadas del sentido de justicia o demorarlas hasta que pierdan toda utilidad práctica.

En un país atravesado por fuertes divisiones políticas, cada fallo judicial suele ser interpretado según la posición ideológica de quien lo observa. Para unos representa el triunfo de la ley; …

… para otros, una muestra de persecución o de impunidad. Esa polarización termina erosionando una institución que debería inspirar confianza en todos, independientemente del resultado de cada causa.

La frase de Brecht también recuerda que la Justicia no se mide únicamente por la ausencia de corrupción, sino por su capacidad para resolver conflictos con imparcialidad, dentro de plazos razonables y aplicando las mismas reglas para todos. Una justicia tardía, selectiva o incomprensible puede ser tan perjudicial para la democracia como una justicia corrupta.

La Argentina necesita un Poder Judicial que no solo sea independiente, sino también eficiente y cercano a la ciudadanía. Porque la legitimidad de los tribunales no se construye únicamente sobre la honestidad de sus integrantes, sino sobre la percepción de que cada persona, sin importar su poder político, económico o social, recibe exactamente el mismo trato ante la ley.

Más de medio siglo después de haber sido escrita, la reflexión de Brecht sigue interpelando a las democracias modernas. Nos recuerda que la verdadera justicia no consiste solo en resistir la corrupción, sino en ejercer el derecho con equidad, responsabilidad y compromiso con la sociedad a la que debe servir.

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