En las rutas argentinas existe una escena tan habitual como peligrosa: un vehículo invade el carril contrario para realizar un sobrepaso imprudente y quien circula correctamente termina obligado a maniobrar hacia la banquina para evitar una tragedia. Para muchos especialistas y conductores, esa lógica normativa merece una profunda revisión.
La discusión volvió a instalarse en los últimos años a partir de numerosos accidentes frontales en rutas de doble mano, especialmente en corredores nacionales y provinciales donde el sobrepaso indebido es una de las principales causas de muerte.
La normativa vigente surge de la Ley Nacional de Tránsito Nº 24.449, particularmente de su artículo 42, que regula las maniobras de adelantamiento. Allí se establece que el conductor que realiza el sobrepaso debe asegurarse de que el carril contrario esté libre y de que exista suficiente distancia para completar la maniobra sin riesgo.
Sin embargo, en la práctica vial argentina se consolidó además un criterio operativo enseñado históricamente en manejo defensivo: ante un sobrepaso fallido, quien circula correctamente debería dirigirse a su banquina derecha para evitar el choque frontal, mientras que el que invade el carril contrario debería mantenerse sobre la calzada intentando regresar a su mano. Esa interpretación busca evitar que ambos vehículos intenten la misma maniobra evasiva hacia un mismo sector.
Pero allí aparece el debate de fondo: ¿es razonable que quien cumple la ley tenga la obligación tácita de abandonar su carril y exponerse a una maniobra riesgosa sobre la banquina para salvar a quien está infringiendo las normas?
La responsabilidad del que invade
La Ley 24.449 es clara respecto de quién tiene la responsabilidad primaria. El artículo 42 indica que el conductor que sobrepasa debe verificar previamente que la maniobra pueda hacerse “sin riesgo”. También le exige contar con visibilidad suficiente y regresar rápidamente a su carril. A su vez, el artículo 48 prohíbe expresamente circular “a contramano” o fuera de la calzada, salvo emergencias.
Es decir: jurídicamente, quien genera el peligro es el conductor que invade el carril ajeno. Por eso crece la postura de que debería ser justamente ese conductor quien asuma la totalidad de la maniobra evasiva, incluso utilizando su propia banquina si calculó mal el sobrepaso.
El cuestionamiento apunta a que el sistema actual termina trasladando parte del riesgo a la víctima potencial del accidente. En otras palabras: el conductor correcto no solo debe reaccionar en décimas de segundo para salvar su vida, sino también abandonar el espacio que le pertenece legalmente.
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El problema de las banquinas
Otro punto central del debate es el estado real de las banquinas. En gran parte de las rutas argentinas son angostas, descalzadas, con desniveles, pozos o directamente inexistentes. Obligar de hecho a que un automovilista se arroje allí a 100 kilómetros por hora puede provocar vuelcos, pérdida de control o choques secundarios.
Por eso varios expertos en seguridad vial sostienen que la normativa y la enseñanza vial deberían reformularse sobre una base más moderna: la responsabilidad evasiva principal debe recaer sobre quien ejecuta la maniobra antirreglamentaria.
Incluso algunas legislaciones comparadas enfatizan ese principio: si el adelantamiento no puede completarse con seguridad, el conductor que invade debe abortar inmediatamente la maniobra y retornar a su carril.
Entre la teoría y la supervivencia
En la práctica, la realidad suele imponerse sobre cualquier discusión jurídica. Muchos conductores admiten que, aunque la responsabilidad sea del infractor, igualmente se tirarán a la banquina para salvar la vida. Esa reacción aparece repetidamente en debates de automovilistas y comunidades viales.
Allí aparece la diferencia entre “lo correcto legalmente” y “lo necesario para sobrevivir”. Porque una cosa es discutir quién debería hacerse cargo de la maniobra evasiva y otra muy distinta es qué hará una persona cuando vea un vehículo de frente ocupando su carril a alta velocidad.
Una discusión pendiente
La Argentina mantiene cifras alarmantes de muertes por choques frontales. En ese contexto, especialistas consideran que la legislación y especialmente la educación vial necesitan actualizar conceptos que durante décadas fueron aceptados casi como dogmas.
El debate no pasa solamente por quién debe tirarse a la banquina, sino por un principio más profundo: quien viola deliberadamente las normas de tránsito no debería conservar prioridad táctica sobre quien circula correctamente.
Modificar ese enfoque podría tener además un efecto cultural importante. Hoy muchos sobrepasos temerarios se realizan bajo una peligrosa presunción implícita: “el que viene de frente se va a correr”. Y tal vez allí esté el verdadero problema.
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