Cuando el sol no alcanza para ver al otro: una deuda pendiente en las calles de Coronel Suárez. Este domingo, en una jornada luminosa, de esas que invitan a salir, caminar y disfrutar, una escena volvió a sacudir la conciencia colectiva de Coronel Suárez. En la intersección de la avenida Casey y San Martin, un peatón fue embestido por un automóvil mientras cruzaba la calle.
Las consecuencias fueron gravísimas: múltiples fracturas y una vida puesta en riesgo en cuestión de segundos. El hecho, registrado en video y ampliamente difundido, expone mucho más que un accidente. Nos enfrenta, una vez más, a una costumbre arraigada, peligrosa y tristemente naturalizada: la falta de respeto hacia el peatón.
Porque no se trata de un caso aislado. No se trata de una distracción puntual. Es un patrón. En días de frío, cuando el cuerpo pide refugio; en jornadas de calor, cuando el asfalto parece derretirse; bajo la lluvia, cuando todo se vuelve más difícil; e incluso —como en este caso— en un día soleado y claro, donde nada parece justificar el error, los peatones siguen siendo invisibles para muchos conductores.
En Coronel Suárez, cruzar una calle no debería ser un acto de fe. Sin embargo, lo es. Mirar a ambos lados ya no alcanza: hay que calcular velocidades, intuir intenciones y, muchas veces, resignar el derecho propio para evitar una tragedia. Este artículo no busca culpables. No señala nombres. Se conoce la identidad del peatón involucrado, pero no es ese el punto.
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Tampoco lo es juzgar al conductor. La justicia, si corresponde, seguirá su curso. Aquí lo urgente es otra cosa: mirarnos como sociedad. ¿Qué nos pasa cuando estamos al volante? ¿En qué momento dejamos de ver al otro? ¿Cuándo normalizamos que quien va a pie —el más vulnerable en la cadena del tránsito— tenga que esperar, ceder o correr?
La prioridad del peatón no es una sugerencia: es una norma básica de convivencia. Pero más allá de la ley, es un acto de empatía. Es entender que todos, en algún momento del día, dejamos de ser conductores y pasamos a ser peatones. Que cualquiera de nosotros, o de nuestros hijos, puede estar cruzando esa calle.
El video que hoy circula duele. Pero ojalá también sirva. No para alimentar el morbo ni la indignación pasajera, sino para generar un cambio real. Para que la próxima vez que alguien se acerque a una esquina, el pie vaya al freno y no al acelerador. Para que el sol, la lluvia o el apuro dejen de ser excusas.
Porque una ciudad no se mide solo por su crecimiento o su actividad, sino por cómo cuida a los suyos. Y hoy, en ese aspecto, tenemos una deuda. Que no haga falta otro video. Que no haga falta otra vida en riesgo para aprender algo tan simple como urgente: respetar al peatón es respetarnos entre todos.
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