Este miércoles 24 de septiembre, el Gobierno decidió dar un giro inesperado en su política agroexportadora: anunció la restitución inmediata de las retenciones a los cereales, una medida que originalmente iba a mantenerse suspendida hasta el 31 de octubre. La decisión, sorpresiva y contradictoria, desató un vendaval de críticas en el sector agropecuario y dejó al descubierto, una vez más, la frágil coherencia del rumbo económico que intenta trazar la administración nacional.
Una marcha atrás anunciada… pero igual intempestiva
Aunque algunos indicios sugerían que el alivio fiscal al agro tenía fecha de vencimiento, pocos esperaban que la reimposición de retenciones se adelantara más de un mes. Se trataba de una ventana acordada, una suerte de “respiro” para los productores tras años de presión impositiva y pérdida de rentabilidad. Pero el mensaje que se ha dado con esta decisión es claro: la necesidad fiscal del Estado sigue imponiéndose por encima de cualquier planificación o compromiso asumido. El campo, que venía postergando decisiones clave en espera de señales firmes y duraderas, se siente hoy traicionado. La falta de previsibilidad es, quizá, peor que la carga impositiva en sí.
El trasfondo: urgencias disfrazadas de estrategias
La pregunta que sobrevuela la escena es: ¿por qué ahora? ¿Qué motivó al Gobierno a romper su propio calendario y restablecer las retenciones con esta brusquedad? Las razones pueden buscarse en varios frentes. Primero, la presión sobre las cuentas públicas es asfixiante. Con una economía aún sin crecimiento sostenido, inflación persistente y escasez de divisas, el Ejecutivo necesita fuentes inmediatas de recaudación. Las retenciones, en este sentido, son un recurso rápido, aunque corrosivo: aportan dólares al fisco, pero erosionan la relación con el único sector que ha seguido produciendo, aún en condiciones adversas.
Segundo, hay una cuestión política. La administración busca mostrar control, fuerza y disciplina en el frente interno. Pero ese gesto de autoridad, en lugar de transmitir seguridad, evidencia una desconexión preocupante con las realidades productivas del país profundo. Y tercero, y quizás lo más delicado, es el juego con las expectativas. Al prometer una baja, luego restituir, y luego prometer nuevas modificaciones, el Gobierno cae en una lógica errática que impide cualquier tipo de planificación seria.
Reacciones del campo: decepción y advertencia
Las primeras reacciones de productores, cooperativas y entidades rurales no se hicieron esperar. La sensación generalizada es de desconfianza. Muchos ven esta medida no solo como una decisión económica, sino como una ruptura política. Quienes creyeron en las promesas de alivio y modernización sienten que han sido utilizados, apenas como instrumento para obtener liquidez en el corto plazo.
El campo no es ingenuo: sabe que es el motor de entrada de divisas, pero también que su capacidad de presión es limitada frente a un Estado que centraliza poder y define las reglas sobre la marcha. Pero cuidado: la paciencia tiene un límite. Y lo que hoy se cobra en retenciones, puede costar más caro en el futuro si el enojo se transforma en resistencia pasiva, menor inversión o, directamente, desinversión.
¿Qué hay realmente detrás?
Más allá de las justificaciones coyunturales, la restitución acelerada de las retenciones parece evidenciar una falta de rumbo estructural. No se trata solo de un problema de caja. Se trata de un Estado que sigue funcionando en modo reactivo, que privilegia la urgencia sobre la estrategia, y que utiliza al sector productivo como variable de ajuste.
Este tipo de medidas terminan revelando que no hay un proyecto claro para el agro. No hay una política integral que lo contenga, lo potencie y lo premie por su capacidad de generar empleo, riqueza y divisas. Hay, en cambio, un reflejo fiscalista de corto plazo, incapaz de sostener una visión de país a mediano o largo plazo.
Una oportunidad perdida
Restituir las retenciones en este momento, y de esta forma, es mucho más que un error de cálculo: es una señal de debilidad política disfrazada de firmeza económica. Se ha perdido una oportunidad de mostrar coherencia, de construir confianza, de fortalecer el vínculo con un sector que siempre estuvo dispuesto a producir más si se le ofrecían reglas claras. En vez de eso, se eligió el atajo. Y ya sabemos: los atajos rara vez conducen a destinos sostenibles.
Conclusión
Lo que ocurrió este 24 de septiembre no es solo una medida económica. Es una muestra de cómo las urgencias del presente siguen condicionando la posibilidad de un futuro mejor. Y mientras no haya una política agropecuaria clara, previsible y coherente, no se podrá construir la confianza que este país necesita para salir del estancamiento. El campo no pide privilegios. Pide lo mínimo indispensable para trabajar con dignidad: previsibilidad, respeto y reglas que no cambien con el viento. ¿Es mucho pedir?
TU OPINIÓN CUENTA
¡¡ No te vayas !! Sumate con un voto en nuestra encuesta de opinión … y si quieres, con una mínima donación que nos ayude a sostener este sitio para vos … ¡¡ Gracias !!
ENCUESTA DE OPINIÓN:
Recuerda que tu respuesta es anónima, transparente y segura para ti. El sistema toma un voto por IP (domicilio o red wifi). Para más votantes en cada dirección, hacerlo utilizando su propio plan de datos móviles, previa desconexión del wifi.












