La experiencia internacional muestra que bajar una inflación extrema no exige necesariamente provocar una depresión del consumo. No existe, sin embargo, una receta indolora: el punto decisivo es reducir la emisión que alimenta la inflación, ordenar las cuentas públicas y, al mismo tiempo, impedir que la estabilización recaiga exclusivamente sobre salarios y hogares de menores ingresos.
Israel ofrece una referencia importante. En julio de 1985 aplicó un programa integral que combinó ajuste fiscal y monetario, un ancla cambiaria, controles transitorios de precios y un acuerdo entre Gobierno, empresas y sindicatos. La inflación mensual, superior al 15% en la primera mitad de 1985, cayó al 2% en el último trimestre y rondó 1,5% en 1986 y 1987. El ancla fue plenamente coordinada.
El caso israelí también muestra el límite de una estabilización que descarga demasiado sobre los ingresos. Hubo una caída inicial del salario real, pero el acuerdo incluyó compensaciones y los salarios del sector empresarial recuperaron casi todo el terreno perdido en pocos meses. Estudios del Banco Mundial registran, además, un boom del consumo privado durante más de dos años, junto con mayor actividad y salarios reales relativamente elevados.
Brasil ofrece quizá el ejemplo más cercano a la pregunta sobre consumo. El Plan Real, lanzado en 1994, combinó desindexación, nueva moneda, disciplina fiscal y monetaria y un régimen cambiario que funcionó como referencia nominal. La inflación pasó de alrededor de 45% mensual en el segundo trimestre de 1994 a 3,3% en agosto, y luego permaneció por debajo de 1,5% mensual. La estabilización no se apoyó en una recesión deliberada del consumo.
El mecanismo brasileño fue especialmente relevante para los hogares. Al desaparecer el llamado impuesto inflacionario, aumentó el salario real y se expandió el crédito al consumo, impulsando la demanda interna durante el segundo semestre de 1994. Según el FMI, los ingresos reales de los grupos de menores ingresos aumentaron al menos 9% entre junio de 1994 y septiembre de 1995, mientras la inflación dejó de erosionar diariamente su capacidad de compra.
El salario mínimo fue otra pieza decisiva del proceso brasileño. En mayo de 1995 aumentó 43%, cuando la inflación ya había descendido a cerca de 2,1% mensual. El FMI atribuyó buena parte de la reducción posterior de la pobreza y la desigualdad a esa mejora, sumada al fin de la pérdida acelerada del poder adquisitivo. La lección es que recomponer ingresos puede hacerse después de quebrar la dinámica inflacionaria, no antes.
Bolivia, en cambio, muestra qué ocurre cuando la estabilización se apoya principalmente en el ajuste. El programa de agosto de 1985 frenó abruptamente la hiperinflación mediante políticas fiscales y monetarias muy restrictivas. El Gobierno otorgó bonos iniciales, pero después congeló salarios, eliminó la indexación y flexibilizó el mercado laboral. La inflación fue derrotada, aunque con costos sociales y distributivos que impiden verlo como modelo.
Zimbabwe aporta otra enseñanza: la dolarización de 2009 logró detener la hiperinflación y estabilizar el sistema de precios, según el FMI, pero ocurrió después de una crisis extrema que había destruido buena parte del sistema financiero y de la moneda nacional. Por eso, aunque demuestra que cortar el financiamiento monetario puede ser contundente, no constituye un ejemplo de transición ordenada ni de preservación del consumo.
La Alemania de 1923 tampoco ofrece una vía compatible con el objetivo planteado. La creación de la Rentenmark permitió cortar la hiperinflación y restablecer una referencia monetaria, pero el proceso estuvo precedido por una fuerte destrucción del valor de salarios, ahorros y contratos. La enseñanza histórica es clara: una nueva moneda puede ser necesaria, pero no reemplaza el orden fiscal ni reconstruye de inmediato el poder de compra perdido.
Comparados los casos, aparece un patrón: los programas más sólidos no intentaron sostener indefinidamente el consumo mediante emisión, pero tampoco necesitaron destruirlo para estabilizar. Brasil muestra que eliminar la inflación puede liberar poder adquisitivo; Israel, que un programa integral puede bajar precios rápidamente y luego recuperar salarios y consumo. El objetivo es transformar la demanda en consumo respaldado por una moneda estable.
El resultado buscado debería medirse con algo más que la tasa de inflación. También importan salario real, empleo, consumo básico, pobreza, crédito y actividad económica. Brasil demuestra que estabilizar puede mejorar el ingreso real de sectores populares; Israel evidencia que el consumo puede recuperarse tras el shock inicial. La conclusión no es que la desinflación sea gratuita, sino que su diseño determina quién paga.
La principal conclusión de la experiencia comparada es que estabilizar sin destruir el consumo requiere atacar primero las causas monetarias, fiscales y cambiarias de la inflación, pero acompañar el proceso con mecanismos de compensación y recuperación de ingresos. El caso brasileño resulta particularmente significativo: la caída de la inflación redujo el impuesto inflacionario, elevó los ingresos reales y permitió que el consumo se expandiera en lugar de convertirse en la principal víctima del programa.
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