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«Hemos perdido el 80% de los trabajadores del calzado en todo el país»

industria calzado

El cierre de la emblemática fábrica de calzado Coopershoes en Las Flores no representa solamente una persiana que baja. Detrás de cada máquina que se detiene hay historias, familias y proyectos que quedan suspendidos en el aire. La empresa despidió a sus operarios de línea y avanza hacia el cierre definitivo, dejando una profunda herida en la comunidad.

Según relató Daniel Coronel, delegado de la Unión de Trabajadores de la Industria del Calzado, en 2023 Coopershoes contaba con 322 trabajadores vinculados a la producción. La reducción comenzó durante 2024 y el deterioro fue avanzando hasta el desenlace actual. Para quienes durante años ingresaron cada día a la planta, perder el empleo significa mucho más que perder un salario.

La noticia golpea especialmente porque Coopershoes fue durante años una fuente de trabajo y una referencia industrial para Las Flores. En sus mejores momentos, la planta produjo calzado para importantes marcas y llegó a sostener a cientos de familias. Hoy, el contraste es brutal: donde antes había movimiento, producción y expectativas, quedan despedidos y un reducido grupo administrativo dedicado a las tareas finales del cierre.

Desde UTICRA describen un escenario que excede ampliamente las fronteras de una ciudad bonaerense. El gremio sostiene que la industria del calzado atraviesa uno de los momentos más difíciles de los últimos años, con miles de puestos de trabajo perdidos. Para los trabajadores, la crisis no se mide únicamente en estadísticas: tiene nombre, apellido y comienza cada mañana en una casa donde ya no hay certeza sobre el futuro.

Coronel atribuyó la situación a una combinación de apertura de importaciones, caída del consumo interno y pérdida del poder adquisitivo. Su reflexión es tan sencilla como dolorosa: cuando el dinero no alcanza para lo esencial, comprar ropa o calzado queda relegado. Primero está la comida, las cuentas, los medicamentos y las necesidades urgentes. Después, si queda algo, vendrán los demás consumos.

Ese cambio en las prioridades cotidianas termina recorriendo toda la cadena económica. Una familia compra menos; el comercio vende menos; la empresa recibe menos pedidos; la producción se reduce y los trabajadores comienzan a sobrar. Es una secuencia conocida, pero nunca deja de ser dramática cuando ocurre. Porque detrás de una decisión empresarial hay personas que deben volver a sus hogares y explicar que el trabajo de mañana ya no existe.

La situación de Coopershoes también expone una realidad compleja para las organizaciones sindicales. «Qué podemos hacer los sindicatos si la empresa no tiene trabajo y paga las indemnizaciones como corresponde», planteó el delegado. La pregunta contiene una enorme impotencia: ¿cómo defender un puesto laboral cuando la fábrica ya no tiene pedidos? ¿Cómo sostener una fuente de trabajo cuando la producción pierde mercado?

Desde UTICRA aseguran que realizaron gestiones para buscar respuestas, pero denuncian que no encontraron interlocutores capaces de modificar la situación. El gremio cuestiona la falta de herramientas para intervenir …

… ante los conflictos industriales. Más allá de las diferencias políticas sobre las causas y las soluciones, el cierre vuelve a poner una discusión esencial sobre la mesa: qué lugar ocupa el trabajo industrial en el modelo de país.

La propia UTICRA viene advirtiendo sobre una profunda crisis del sector. En publicaciones recientes, el sindicato señaló la pérdida de más de 8.000 empleos y vinculó el deterioro con la caída del consumo y el crecimiento de la competencia de productos importados. Son cifras gremiales que reflejan una preocupación concreta: la posibilidad de que continúe debilitándose una actividad históricamente generadora de empleo.

La frase más estremecedora de Coronel es, quizás, la que resume todo el miedo: «Hemos perdido el 80% de los trabajadores del calzado en todo el país». Se trata de una afirmación del dirigente sindical, enmarcada en su diagnóstico sobre la situación actual. Más allá de la dimensión exacta de ese cálculo, expresa la sensación de quienes ven cómo su oficio y su actividad se achican aceleradamente.

Hay algo especialmente doloroso cuando desaparece una fábrica: no se pierde solamente un empleo presente, también se rompe una continuidad. Padres que enseñaron a sus hijos el valor del trabajo, trabajadores que aprendieron un oficio durante décadas y jóvenes que esperaban encontrar allí su primera oportunidad. Una planta industrial puede parecer apenas un edificio desde afuera, pero para una comunidad suele ser parte de su propia identidad.

Las indemnizaciones, en este contexto, aparecen como un alivio necesario, pero nunca como una solución definitiva. Cobrar lo que corresponde es un derecho, no una compensación capaz de reemplazar la tranquilidad de tener trabajo. El dinero puede ayudar durante un tiempo, pero no responde la pregunta que inevitablemente aparece después: ¿dónde volverá a trabajar cada una de esas personas?

El cierre de Coopershoes deja entonces una reflexión que va mucho más allá de Las Flores. Argentina necesita discutir con seriedad cómo proteger el empleo, cómo recuperar el consumo, cómo competir con el mundo y cómo evitar que la modernización o la apertura económica tengan como costo permanente la desaparición de quienes producen. No hay respuestas sencillas, pero tampoco debería haber indiferencia.

Porque una fábrica no cierra solamente cuando se apagan sus máquinas. Cierra también una parte de la rutina de cientos de personas, se modifica la economía de una ciudad y se instala la incertidumbre en muchas mesas familiares. Por eso, detrás de cada persiana industrial que baja, debería surgir una pregunta colectiva: ¿qué país estamos construyendo si cada vez son menos los que pueden vivir de su trabajo?

Y quizás allí esté la parte más dolorosa de esta historia. No es solamente una fábrica de zapatillas que deja de producir. Es el silencio que queda después del último turno, las manos que aprendieron un oficio y ahora buscan una nueva oportunidad, y una comunidad que observa cómo se apaga una fuente de trabajo. Para esas familias, como dijo el propio Coronel, la crisis dejó de ser una noticia: se convirtió en una pesadilla cotidiana.

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