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El día que la AFA hizo de cancillería y desató la furia del Gobierno

El fútbol como diplomacia paralela: la AFA, Venezuela y Gallo en medio de la grieta política. Mientras el cabo primero de la Nahuel Gallo regresaba finalmente a la Argentina tras 448 días detenido en Venezuela, la atención no se concentró únicamente en la alegría de su familia, sino en el rol protagónico que jugó la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) y su estrecha colaboración con la Federación Venezolana de Fútbol (FVF) para concretar lo que la diplomacia oficial no había conseguido.

La AFA fue la primera institución en informar y gestionar públicamente la liberación del gendarme, difundiendo un comunicado en el que agradeció a la vicepresidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, por su “sensibilidad” y resaltó los vínculos con la FVF como pieza clave para que Gallo pudiera volver a su país en un avión que, en la práctica, condensa el poder de una dirigencia futbolística que opera fuera de cualquier control democrático claro.

Desde el entorno de la casa madre del fútbol argentino, su presidente Claudio “Chiqui” Tapia habló de “trabajo silencioso y mancomunado” con la FVF y la Confederación Sudamericana (CONMEBOL), como si la gestión pública de los derechos de un ciudadano argentino estuviera natural o legítimamente en manos de un organismo privado. Criticar esta intervención no es un capricho político: surge de una cuestión elemental de soberanía y transparencia democráticas.

¿Puede la diplomacia paralela de un club o institución deportiva sustituir al Estado argentino en un episodio de derechos humanos? La AFA misma exhibió la foto del gendarme junto a dirigentes en un jet privado, un gesto …

… que mezcla imagen institucional con estrategia de propaganda, y que fue interpretado por muchos como un intento de “capitalizar” políticamente el regreso de Gallo más que como una acción humanitaria pura.

La reacción oficial del Gobierno de Argentina fue elocuente: ni el comunicado del canciller ni los mensajes públicos de funcionarios mencionaron la participación de la AFA. El Ejecutivo optó por agradecer a países aliados y a organizaciones que presionaron en la escena internacional, y dejó el papel de la entidad deportiva al margen. “No van a limpiar su imagen”, señalaron fuentes oficiales, relativizando la intervención de Tapia y su equipo, y sugiriendo que la AFA intentaba con esta operación mejorar su reputación afectada por otros escándalos administrativos y judiciales.

Este episodio desnuda una paradoja: organismos que debieran centrarse en organizar torneos nacionales y representar clubes en competencias internacionales terminaron asumiendo roles propios de la diplomacia. Que un gendarme detenido en el exterior llegue a su país gracias a contactos de dirigentes del fútbol y no por la gestión oficial de un Estado soberano plantea preguntas incómodas sobre quién manda realmente en la agenda exterior argentina y cómo se manejan los hilos de la política internacional cuando la diplomacia formal parece impotente.

En un país donde se acusa a cualquier actor crítico o discrepante de ser “traidor a la patria”, resulta irónico que una federación deportiva termine cumpliendo una función que corresponde al Estado, y que ello no solo quede sin escrutinio público profundo, sino que además se utilice como foto de campaña para limpiar imágenes desgastadas. La pelota, como siempre, rueda donde menos se la espera, incluso en los ámbitos donde debería imperar la ley y la soberanía nacional.

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