Julio Furch vuelve a casa. Y no es una frase hecha: es un círculo que se cierra cargado de memoria, afecto y raíces pampeanas. Después de 25 años en el fútbol profesional, más de 160 goles y una carrera que lo llevó desde Winifreda a México, Brasil y los grandes escenarios de Argentina, el goleador decidió cumplir una promesa íntima: retirarse en el mismo lugar donde empezó todo.
En el Deportivo Winifreda, el club de su pueblo, a apenas 300 kilómetros de Coronel Suárez, ese corazón futbolero del sudoeste bonaerense que siempre lo sintió cercano. Y también con el recuerdo indeleble de Olimpo de Bahía Blanca, el club que lo lanzó a la elite y marcó su primer gran salto.
A los cinco años ya corría detrás de la pelota en el Girasolero. Allí se formó, allí hizo goles en la Liga Cultural y en los Provinciales con canchas llenas y pueblos enteros alentando. Cuando parecía que el fútbol quedaba en segundo plano, Olimpo apareció como una oportunidad inesperada: a los 19 años se fue a Bahía Blanca y desde allí empezó una historia enorme.
Ascenso, Primera División, San Lorenzo, Arsenal, Belgrano. Luego México, donde fue campeón con Veracruz, Santos Laguna y, sobre todo, Atlas, devolviéndole la gloria después de 70 años. Brasil, Santos, descenso y ascenso. Y finalmente Banfield, como último paso antes del regreso soñado.
Hoy, a los 36 años, Furch vuelve a Winifreda no solo para jugar, sino para compartir: con su hermano Enzo dentro de la cancha y con su amigo Maxi Alles, hoy entrenador, como lo había imaginado hace años. Vuelve con emoción, con gratitud y con la necesidad de devolverle al club y a su gente algo de todo lo que le dieron.
El “Emperador del Gol”, que debutó en la elite con la camiseta de Olimpo y recorrió medio continente, elige cerrar su carrera lejos de los flashes, pero cerca de lo esencial. En una liga regional, en una cancha conocida, en un pueblo que lo vio crecer. Porque a veces, después de recorrer el mundo, el verdadero triunfo es volver al origen.












