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Nochebuena y Navidad: cuando el corazón aprende a convivir con la ausencia

Hay noches que no suenan a risas ni a villancicos. Noches en las que la mesa parece demasiado grande, el reloj avanza más lento y el corazón siente un hueco que nadie puede llenar. La Nochebuena y la Navidad, tan asociadas a la alegría, a veces llegan envueltas en una nostalgia profunda para quienes han perdido a un ser querido o atraviesan estas fechas en soledad.

Si hoy te duele más que otros días, no estás fallando a la Navidad. Estás amando. Porque el amor no desaparece con la ausencia; cambia de forma. Se vuelve recuerdo, se vuelve presencia invisible, se vuelve una voz suave que habita en lo que fuiste y en lo que eres. Permítete sentirlo. No hay tiempos correctos para el duelo ni maneras “adecuadas” de celebrar cuando el corazón está cansado.

Quizá la silla vacía pese más que el resto. Quizá una canción, un olor o una tradición te lleven de vuelta a lo que fue. Está bien llorar. Está bien guardar silencio. Está bien sonreír si la sonrisa llega, y también está bien que no llegue. La Navidad no es una obligación de alegría; es un espacio para la verdad de cada uno.

Para quienes están solos esta noche: la soledad no define tu valor. Tu vida importa, tu historia importa, y tu presencia en este mundo tiene sentido, incluso cuando nadie más parece notarlo. A veces la compañía llega en formas pequeñas: una vela encendida, una llamada inesperada, un mensaje, una oración, una caminata bajo el cielo frío. A veces llega desde dentro, como un gesto de cuidado hacia ti mismo.

Si has perdido a alguien, quizá hoy puedas honrarlo de un modo sencillo: nombrándolo en voz baja, agradeciendo lo vivido, haciendo algo que le gustaba, o dejando un lugar en tu corazón para lo que aún duele. Recordar no es quedarse atrás; es reconocer que el amor fue real.

Que esta Nochebuena y esta Navidad te traten con ternura. Que encuentres un instante de paz, aunque sea breve. Y que sepas que no estás solo en sentir lo que sientes. En algún lugar, muchas personas respiran hondo contigo, sosteniendo el mismo nudo en la garganta y la misma esperanza tímida: que el mañana sea un poco más ligero.

Si hoy no hay luces, que haya calma.
Si no hay palabras, que haya abrigo.
Y si no hay alegría, que al menos haya consuelo.

Feliz Navidad, incluso así.

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