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Violencia en la LRF: un límite que el fútbol regional no puede volver a cruzar

La Liga Regional de Fútbol de Coronel Suárez atraviesa, desde hace tiempo, un síntoma que se repite con preocupante frecuencia: la violencia dentro y fuera de las canchas. No es un fenómeno nuevo, pero sí uno que se ha vuelto más visible, más intenso y, sobre todo, más dañino para la actividad. Cada fecha que termina con discusiones desbordadas, empujones, amenazas o agresiones no solo empaña el espectáculo deportivo; hiere la esencia misma del fútbol regional, ese espacio que históricamente ha sido un punto de encuentro comunitario, de identidad y de pertenencia.

Lo que ocurre en algunos partidos no puede naturalizarse. No pueden naturalizarlo los jugadores, que muchas veces reaccionan desde la calentura del momento; no pueden naturalizarlo los árbitros, que atraviesan jornadas de alta presión y toma de decisiones en soledad; no pueden naturalizarlo los cuerpos técnicos que, desde la línea de cal, a veces alimentan climas que después estallan dentro del campo. Y, por supuesto, no pueden naturalizarlo los dirigentes, responsables últimos de garantizar un contexto seguro y un marco organizativo que desactive tensiones en lugar de multiplicarlas.

La violencia tiene múltiples causas: rivalidades históricas que se exacerban, falta de autocontrol, fallas arbitrales, presiones externas, impotencias deportivas y hasta discusiones dirigenciales. Pero ninguna de esas razones puede servir como excusa. Cuando un jugador cruza una línea, cuando un árbitro se bloquea, cuando un técnico insulta, cuando un dirigente mira para otro lado, todos pierden. Pierde el fútbol. Pierde la comunidad.

La solución no llegará desde una sola vereda. Es una responsabilidad compartida que exige un compromiso real de todas las partes involucradas. Los jugadores necesitan asumir que su conducta es ejemplo para cientos de chicos que los miran desde los alambrados. Los árbitros deben redoblar esfuerzos en preparación y comunicación, pero también recibir el respaldo real de la dirigencia para actuar sin temor. Los cuerpos técnicos deben recuperar el rol de moderadores, de líderes que ordenan y no desordenan. Y los dirigentes deben tomar decisiones firmes, incluso cuando resulten incómodas, para garantizar que la liga siga siendo un espacio deportivo y no un campo de batalla emocional.

El desafío es grande, pero también ineludible. El fútbol de Coronel Suárez tiene historia, pasión y un arraigo cultural que atraviesa generaciones. No merece ser reducido a crónicas de escándalos o sanciones. Merece volver a ser lo que siempre fue: un espacio de disputa deportiva intensa, sí, pero dentro de los límites del respeto, la convivencia y la competencia sana.

La violencia no se combate con discursos vacíos, sino con acciones concretas y continuidad. Es momento de que cada uno —jugadores, jueces, técnicos y dirigentes— ponga lo mejor de sí. No para ganar un partido, sino para defender la actividad que todos dicen querer. Porque si no se actúa ahora, lo que está en juego ya no será un resultado: será el futuro mismo del fútbol regional.

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