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Padres que progresaron e hijos que no pueden: una situación que duele contar

familia

Más del 40% de las familias argentinas vive hoy una paradoja dolorosa: los padres, formados en un país más estable y con expectativas de progreso, están mejor que sus hijos. No solo en términos materiales, sino también simbólicos. Ellos accedieron a un empleo formal, compraron una vivienda o pudieron ahorrar. Sus hijos, en cambio, transitan un presente incierto, con trabajos precarios, sueldos que no alcanzan y una sensación extendida de que nunca lograrán lo que sus padres consiguieron.

El dato, que se repite en estudios de la Universidad Católica Argentina (UCA) y otras entidades sociales, expone una crisis de movilidad social sin precedentes. En un país que durante décadas se pensó a sí mismo como una tierra de oportunidades, hoy las generaciones más jóvenes sienten que han nacido en el momento equivocado.

El retroceso de los hijos

“Yo me recibí, tengo dos trabajos y aun así no puedo independizarme. Mis viejos a mi edad ya tenían casa y dos hijos”, cuenta Belén, 29 años, diseñadora gráfica. Su historia se repite con pequeñas variaciones en miles de hogares. La inflación crónica, el costo del alquiler, la informalidad laboral y los bajos salarios erosionan las posibilidades de una vida autónoma. Según estimaciones privadas, nueve de cada diez familias argentinas están endeudadas, y más de la mitad de esos créditos se destinan a cubrir gastos básicos, no lujos.

En este contexto, los jóvenes sienten que el futuro se achica. La movilidad social —esa escalera invisible que permitía subir un peldaño con esfuerzo— parece detenida. “No se trata de falta de ganas, sino de condiciones materiales”, resume el sociólogo Diego Reynoso. “La generación anterior creció en un país donde el trabajo formal era la regla. Hoy es la excepción”.

Padres que no logran soltar

La frustración no es solo de los hijos. También golpea a los padres, que cargan con un sentimiento ambiguo: culpa por no poder ayudar más, y dolor por ver que el esfuerzo de sus hijos no rinde frutos. “Nosotros empezamos con poco, pero siempre con esperanza. Hoy veo a mi hijo agotado, sin horizonte, y me parte el alma”, dice Marta, 62 años, jubilada docente.

Muchos padres prolongan el sostén económico y emocional, asumiendo gastos de vivienda, transporte o educación de hijos adultos que no logran independizarse. Esta “protección extendida” alivia en lo inmediato, pero también profundiza la tensión. Los padres se sienten atrapados en un rol que creían haber superado, y los hijos cargan con la culpa de no poder soltarse.

El duelo silencioso

En muchas casas, el tema es un tabú. No se habla abiertamente de la brecha entre lo que fue y lo que es. Pero el duelo está ahí, cotidiano: en los hijos que vuelven a vivir con sus padres, en los padres que rescatan a sus hijos de la deuda, en las conversaciones incómodas sobre “cómo era antes”. La psicóloga social Gabriela Zaldúa lo define como “una pérdida generacional no reconocida”. “Los padres crecieron con la certeza de que el esfuerzo traía recompensa. Los hijos viven en un sistema que no cumple esa promesa. Entre ambos se instala una herida que cuesta nombrar.”

Un cambio de contrato moral

Durante décadas, la Argentina se pensó como un país donde cada generación estaría mejor que la anterior. Ese “contrato moral” se rompió. Hoy, los jóvenes saben que difícilmente podrán comprar una vivienda, jubilarse dignamente o mantener un nivel de vida similar al de sus padres. La consecuencia es doble: una crisis de expectativas y una fractura emocional. Los hijos sienten que el futuro ya no es un terreno de conquista, sino de supervivencia. Los padres, por su parte, perciben que su esfuerzo no alcanzó para legar un país mejor.

¿Qué queda por hacer?

El desafío no es solo económico, sino cultural. Requiere repensar qué significa “estar mejor”. Tal vez ya no se trate de repetir el modelo de los padres —casa propia, empleo estable, ahorro—, sino de construir otros horizontes: bienestar emocional, tiempo libre, vínculos sólidos, dignidad cotidiana. Sin embargo, ese cambio de paradigma necesita acompañamiento político. Políticas de empleo joven, acceso a vivienda, crédito accesible y una estrategia seria contra la inflación son claves para evitar que la resignación se naturalice.

Una herencia al revés

Conviven así dos generaciones unidas por el amor, pero separadas por la frustración. Padres que añoran el país que conocieron y sienten que se les escurre entre los dedos; hijos que se esfuerzan en un sistema que parece no tener lugar para ellos. Entre ambos se abre un silencio denso, hecho de impotencia y ternura. Una herencia invertida: los padres más ricos en certezas, los hijos más pobres en futuro. Y una pregunta que resuena, cada vez más fuerte, en los hogares argentinos: ¿Qué se hereda cuando el porvenir parece haberse quedado atrás?

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