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Fin al fanatismo: llamado a la reflexión y al respeto en tiempos de campaña política

A medida que se aproxima una nueva campaña política, vuelven a agitarse con fuerza los discursos encendidos, las promesas infladas, las polarizaciones violentas y los climas sociales cargados de tensiones. Las redes sociales se convierten en trincheras, las familias se dividen por opiniones encontradas, y la política —esa herramienta que debería servir para construir puentes— se transforma, una vez más, en un campo de batalla donde el enemigo no es el problema, sino el otro que piensa distinto.

El fanatismo político no es nuevo. Ha acompañado a las democracias desde sus inicios, disfrazado de compromiso, pasión o convicción. Pero lo que alguna vez pudo entenderse como fervor ideológico hoy se desdibuja en formas más peligrosas: intolerancia, odio, desinformación y desprecio por la diversidad de pensamiento.

En lugar de nutrir el debate, lo aplasta. En vez de elevar la participación ciudadana, la reduce a una guerra de consignas vacías. Y lo que es peor: en ese fuego cruzado, los verdaderos problemas quedan invisibilizados, y los únicos beneficiados son los actores políticos que viven —y muchas veces prosperan— en la división del pueblo.

Fanatismo: el veneno lento de la democracia

El fanatismo político convierte la diferencia en enemistad. Ya no se trata de discutir ideas, sino de desacreditar personas. Se cree que quien no apoya a “mi candidato” es ignorante, cómplice o enemigo de la patria. Este pensamiento maniqueo impide ver matices, complejidades y puntos de encuentro. El fanático no escucha: responde. No analiza: repite. No dialoga: confronta.

Y en ese esquema binario y cerrado, desaparece el ciudadano reflexivo y nace el soldado de una causa que, con frecuencia, ni siquiera le pertenece del todo. Porque mientras abajo se pelea la gente común, arriba se negocian intereses. Y esos intereses rara vez incluyen al ciudadano de a pie.

La campaña: espectáculo de marketing y no de propuestas

En este contexto, las campañas políticas se parecen más a una estrategia publicitaria que a un espacio para el intercambio democrático. Los candidatos se presentan como productos; los partidos, como marcas. Se diseñan mensajes cuidadosamente segmentados, se manipulan emociones, se explotan miedos y se polariza con precisión quirúrgica. Todo está pensado para ganar votos, no para ganar confianza. Para acumular poder, no para resolver problemas estructurales.

¿Y el pueblo? El pueblo observa, se ilusiona, se indigna, se defiende, ataca… pero casi nunca participa activamente en la construcción de las decisiones. Porque las estructuras están montadas para que cada cuatro años emitamos una opinión en la urna, y el resto del tiempo observemos cómo se perpetúan las mismas lógicas de exclusión, ineficiencia y privilegio.

La diversidad como fortaleza, no como amenaza

Erradicar el fanatismo político no significa abandonar nuestras ideas, ni ser tibios o indiferentes. Significa aprender a convivir con el pensamiento diferente, a construir con otros aunque no pensemos igual, a defender nuestras convicciones sin destruir al que piensa distinto. Significa también cuestionar a nuestros propios referentes, exigirles coherencia, rechazar el doble discurso y abandonar el seguidismo ciego.

Una sociedad saludable es aquella que puede discutir sin destruirse, que puede disentir sin deshumanizar. La diversidad política es necesaria y enriquecedora. No hay una sola forma de ver el país, de entender la justicia, de pensar la economía o de imaginar el futuro. Lo que nos enriquece no es la uniformidad, sino la posibilidad de construir juntos desde la diferencia.

Una tarea urgente y colectiva

Este llamado a erradicar el fanatismo es, en esencia, un llamado a madurar como sociedad. A asumir que la política no puede seguir siendo un espectáculo donde unos pocos se enriquecen mientras los demás nos enfrentamos en nombre de ellos. A entender que ningún líder es infalible y que ningún modelo político es absoluto. A recuperar la capacidad de pensar por nosotros mismos y a no regalar nuestras emociones a campañas que muchas veces solo buscan manipularlas.

El país que necesitamos no se construirá con gritos ni con insultos, sino con diálogo, con respeto, con pensamiento crítico y con verdadera participación ciudadana. Erradicar el fanatismo es, quizás, el primer paso para recuperar una democracia más auténtica, más justa y más nuestra.

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