Hay días que simplemente arrancan mal. Te despertás sin entusiasmo, con una especie de pesadez interna que no sabés de dónde viene. Afuera el mundo sigue igual: no hay malas noticias, no pasó nada particular, nadie te dijo nada que te lastime. Y sin embargo, algo no está bien. No tenés ganas de hablar, ni de moverte, ni de hacer las cosas que normalmente hacés. Te sentís apagado, como si te hubieran bajado la energía sin previo aviso.
En esos momentos, lo primero que suele aparecer es la pregunta: ¿qué me pasa? Y luego, muchas veces, la culpa: no debería sentirme así. Pero la verdad es que este tipo de bajones son más comunes de lo que pensamos. Le pasa a todos, incluso a quienes parecen tener todo bajo control.
Lo que ocurre es que, en una sociedad que nos exige estar bien, producir y sonreír todo el tiempo, no se nos enseña a convivir con esos días en que la tristeza o el desgano aparecen sin una explicación clara. ¿Es necesario que haya un motivo para sentirse mal? ¿Siempre hay una razón aunque no la veamos? ¿Qué mecanismos silenciosos actúan en nosotros y nos hacen despertar así, con el ánimo en baja? Veamos algunas claves para entender esto que, aunque parezca “sin razón”, casi nunca lo es del todo.
1. Cambios internos que no controlamos (ni notamos)
Nuestro cuerpo y nuestro cerebro están en constante movimiento, incluso cuando dormimos. Los niveles de neurotransmisores como la serotonina, la dopamina y el cortisol cambian de acuerdo a múltiples factores: cómo dormimos, qué comimos, qué tan estresados estamos, el clima, la actividad física o la falta de ella.
Un pequeño desbalance químico puede ser suficiente para alterar el estado de ánimo. A veces el cuerpo está respondiendo a algo que ni siquiera registramos: un bajón hormonal, una digestión pesada, una inflamación leve, un descenso en la presión. Nada grave, pero lo justo para modificar cómo nos sentimos al despertar.
2. Dormimos… pero no descansamos
No es lo mismo dormir que descansar profundamente. El sueño superficial o interrumpido —aunque dure muchas horas— no permite que el cerebro se recupere bien. Es como si el cuerpo siguiera cargando peso durante la noche. Esto deja como resultado una mente más lenta, una emocionalidad más vulnerable y un cuerpo sin energía. A veces la causa es el estrés, otras veces es la preocupación silenciosa que nos acompaña, incluso sin darnos cuenta.
3. El entorno también pesa: luz, clima, ambiente
Puede parecer algo menor, pero la exposición a la luz solar influye mucho en nuestro ánimo. La falta de sol reduce la producción de vitamina D y altera nuestro reloj biológico interno. Es por eso que muchas personas se sienten más bajas de ánimo en días nublados o en invierno.
Incluso el entorno emocional puede generar bajones sin que haya un conflicto directo. Estar rodeado de tensión, vivir en espacios poco estimulantes o sentir que todo está en piloto automático también afecta, aunque no lo verbalicemos.
4. Las emociones que no expresamos se quedan en el cuerpo
Muchas veces no hay un motivo presente, pero sí hay emociones no resueltas. Situaciones pasadas que no cerramos, duelos mal procesados, frustraciones que evitamos mirar. El cuerpo, que es sabio, sigue sintiéndolas. Y de tanto en tanto, las manifiesta en forma de desgano, tristeza, ansiedad o necesidad de frenar.
A veces estamos emocionalmente cansados y no nos damos cuenta hasta que ese cansancio nos deja en pausa.
5. Rutina, monotonía y la sensación de no ir hacia ningún lado
Cuando la vida se vuelve repetitiva, cuando cada día parece una copia del anterior, aparece una especie de vacío sutil. Aunque no duela, aunque no haya conflicto, hay una desconexión con el entusiasmo. Nos falta dirección, nos falta algo que motive.
El desgano puede ser una señal de que necesitamos redirigir la energía. No necesariamente con grandes cambios, pero sí con pequeñas decisiones que nos vuelvan a conectar con lo que nos da sentido.
¿Qué hacer cuando nos sentimos así?
Primero, no luchar contra eso. Resistirnos o culparnos solo empeora el estado. Sentirse bajo es humano. No somos robots ni estamos obligados a estar bien todo el tiempo.
Acá algunas acciones suaves pero efectivas:
Aceptar sin dramatizar. Permitite sentir sin explicar. No te reproches por estar así.
Movernos un poco. Una caminata corta, respirar profundo, estirarse. El cuerpo puede ayudar a la mente a salir del bajón.
Hidratarse, alimentarse bien. A veces, un poco de agua y una comida nutritiva mejoran más de lo que creemos.
Evitar decisiones importantes en ese estado. Es un momento para pausar, no para definir cosas.
Hablarlo, si se repite seguido. Compartir lo que sentimos con alguien cercano o con un profesional puede ayudar a desarmar el nudo interno.
El ánimo también respira
Así como el corazón late y los pulmones se expanden, el ánimo también sube y baja. Tiene sus ciclos, sus pausas, sus momentos de sombra. Y en esos momentos, no necesitamos resolver todo. Solo acompañarnos, con amabilidad y paciencia. No siempre hay una gran razón. Y no hace falta encontrarla para poder seguir. A veces, lo más importante es saber que esto también va a pasar, y que está bien sentirnos así de vez en cuando.












