Hay señales silenciosas que nos indican cómo está el alma. No siempre se manifiestan con palabras, ni se registran en análisis clínicos. No tienen una unidad de medida precisa, pero se sienten. Entre ellas, una resplandece con claridad: el entusiasmo. Quien aún se entusiasma, está vivo por dentro. Quien todavía se deja conmover, emocionar, inspirar, tiene el alma despierta. El entusiasmo no es una emoción superficial. Es un indicio de salud espiritual.
Una palabra que lo dice todo
La palabra “entusiasmo” proviene del griego enthousiasmós, que significa literalmente “tener a Dios adentro”. En las antiguas tradiciones, se decía que una persona entusiasta era aquella en la que habitaba lo divino, lo trascendente, lo que supera lo meramente humano. No por milagrosa, sino porque irradiaba una energía creadora, vital, amorosa.
Hoy, aunque alejados de esa concepción antigua, seguimos reconociendo algo especial en quienes viven con entusiasmo. Nos inspiran. Nos contagian. Nos hacen recordar que hay algo más que problemas, deberes y rutinas. Nos hacen ver que la vida también puede ser un descubrimiento permanente, una aventura interior, un llamado constante a encender la chispa de lo profundo.
El entusiasmo como señal de conexión
Cuando una persona se entusiasma por algo, está conectando con su propósito, aunque sea por un instante. Está alineando su deseo con una acción, con una idea, con una visión del mundo. No se trata solo de una emoción pasajera como la euforia; el entusiasmo verdadero es más hondo. Es como una brújula interna que nos señala hacia dónde va el alma cuando no la frenan los miedos ni el desánimo.
Puede ser algo pequeño: aprender una nueva habilidad, iniciar un proyecto, leer un libro, sembrar una planta, preparar una comida para alguien querido. No es necesario que el entusiasmo esté asociado a grandes causas o misiones épicas. A veces, el alma se enciende con lo simple, con lo cotidiano, con lo que conecta con lo más auténtico de nuestro ser.
Cuando el alma se apaga
La pérdida del entusiasmo no ocurre de golpe. Es, muchas veces, una pérdida lenta, como una vela que se consume sin que nos demos cuenta. El desencanto, la frustración, el dolor, las heridas, la presión constante, nos van robando la energía de soñar, de imaginar, de confiar. Sin darnos cuenta, empezamos a vivir en automático. Hacemos, pero no vibramos. Logramos cosas, pero no nos emocionan. Nos movemos, pero no viajamos hacia ningún lugar.
Y es entonces cuando la vida empieza a doler. Porque el alma no se resigna. Cuando hay entusiasmo ausente, también aparece el vacío. Un vacío que no se llena con cosas, con distracciones ni con éxitos superficiales. Solo se llena con sentido. Y el entusiasmo es eso: la expresión de que algo, en el fondo, tiene sentido para nosotros.
Una luz que puede volver
Pero la buena noticia es que el entusiasmo no muere. Se esconde, se debilita, se retrae. Pero puede volver. A veces, solo necesita un espacio, un silencio, una conversación sincera, una pausa. Otras veces, necesita una pequeña experiencia reparadora: el encuentro con alguien que nos escucha, una caminata bajo los árboles, una canción, un recuerdo, una risa compartida.
Recuperar el entusiasmo no es una meta a lograr, sino un proceso a permitir. Es reconectar con aquello que alguna vez nos hizo vibrar. Es volver a mirar el mundo con ojos nuevos. Es darnos permiso para desear, para crear, para jugar, incluso en medio de la incertidumbre. Y es también aprender a entusiasmar a otros: despertar entusiasmo en alguien más es uno de los gestos más generosos y espiritualmente sanadores que existen.
Una forma de estar en el mundo
Vivir con entusiasmo no significa ignorar los problemas ni negar los dolores. Al contrario: es mirarlos con coraje, con energía interior, con esperanza activa. El entusiasmo es, en cierto modo, una forma de resistencia: una manera de no dejarnos hundir por lo oscuro, de seguir caminando cuando todo parece detenerse, de elegir la vida una y otra vez. Quienes viven con entusiasmo nos enseñan que la espiritualidad no siempre está en los grandes rituales ni en las verdades absolutas.
A veces, está en la mirada que brilla cuando alguien habla de lo que ama, en la fuerza que sentimos al comenzar algo nuevo, en la ternura con que cuidamos lo que importa. Por eso, cuidar el entusiasmo —en nosotros y en los demás— es cuidar lo sagrado. Es proteger la llama de lo humano. Es sostener la salud del alma en un mundo que muchas veces nos quiere anestesiados.












