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El invierno no se combate solo con abrigo: qué dice la medicina sobre el frío y la salud

El frío también es un problema de salud: por qué abrigarse no siempre alcanza y la calefacción cumple un rol fundamental. Cada invierno reaparece una recomendación que parece suficiente: “hay que abrigarse más”. La frase es correcta, pero incompleta. Médicos, especialistas en salud pública y organismos internacionales coinciden en que, cuando las temperaturas descienden durante varias horas o días consecutivos, la ropa por sí sola no siempre alcanza para proteger la salud, especialmente en niños, adultos mayores y personas con enfermedades crónicas.

En esos casos, contar con una vivienda adecuadamente calefaccionada deja de ser una cuestión de comodidad para convertirse en un factor de prevención sanitaria. La discusión cobra especial relevancia en Argentina, donde el debate sobre la reducción de beneficios tarifarios para el gas en las denominadas zonas frías coincide con una sucesión de jornadas de temperaturas extremas en buena parte del país.

El cuerpo necesita conservar el calor

El organismo humano mantiene una temperatura cercana a los 37 grados mediante un complejo sistema de regulación. Cuando el ambiente es muy frío, el cuerpo reacciona contrayendo los vasos sanguíneos para conservar el calor y aumentando el esfuerzo metabólico. Sin embargo, si la exposición al frío se prolonga, esos mecanismos comienzan a perder eficacia.

El resultado puede ser una disminución de la temperatura corporal, mayor estrés para el sistema cardiovascular y una reducción de las defensas naturales del aparato respiratorio. Por ese motivo, los especialistas insisten en que la prevención no depende únicamente de la vestimenta, sino también del ambiente donde las personas pasan la mayor parte del día y, especialmente, la noche.

Dormir en una casa fría también afecta la salud

Uno de los aspectos menos visibles del invierno ocurre puertas adentro. Aunque una persona utilice varias capas de ropa, si el interior de la vivienda permanece durante horas con temperaturas muy bajas, el cuerpo continúa perdiendo calor. Esto ocurre especialmente durante el sueño, cuando disminuye la actividad muscular y la capacidad de generar calor.

Diversos estudios han asociado las viviendas insuficientemente calefaccionadas con un aumento de enfermedades respiratorias, crisis asmáticas, descompensaciones cardiovasculares e incluso una mayor mortalidad durante las olas de frío. Los adultos mayores son particularmente vulnerables porque perciben menos el descenso de temperatura y generan menos calor corporal. En los niños pequeños sucede algo similar, debido a que su sistema de regulación térmica aún está en desarrollo.

No es solo una cuestión de confort

Existe una diferencia importante entre sentirse cómodo y mantenerse seguro. La calefacción adecuada permite conservar una temperatura interior estable, reducir la humedad, evitar la formación de moho y disminuir el estrés que el frío produce sobre el organismo. Las recomendaciones sanitarias internacionales suelen sugerir mantener temperaturas interiores cercanas a los 18 °C como mínimo, especialmente en viviendas donde habitan personas vulnerables. En muchas regiones argentinas alcanzar esos valores durante varios días consecutivos resulta prácticamente imposible únicamente mediante el uso de ropa de abrigo.

Cuando el costo de calefaccionarse condiciona la salud

El incremento del precio del gas y la electricidad ha llevado a numerosas familias a reducir el uso de estufas o calefactores para disminuir el gasto mensual. Esa situación plantea un dilema cotidiano: ahorrar energía o mantener la vivienda a una temperatura saludable. Los especialistas en salud pública advierten que esa decisión puede tener consecuencias sanitarias, especialmente cuando las olas polares se prolongan durante varios días y las temperaturas mínimas permanecen bajo cero. En ese contexto, las políticas destinadas a facilitar el acceso a la calefacción no solo tienen un componente económico o social. También pueden interpretarse como herramientas de prevención de enfermedades, al reducir los riesgos asociados a la exposición prolongada al frío.

Un equilibrio entre eficiencia y protección

Los expertos coinciden en que la mejor estrategia combina varias medidas: utilizar ropa adecuada en capas, evitar pérdidas de calor mediante un buen aislamiento de puertas y ventanas, mantener una alimentación suficiente, ventilar los ambientes para prevenir la acumulación de gases y utilizar sistemas de calefacción seguros. Presentar el abrigo como única respuesta frente al frío puede transmitir la idea de que la calefacción es un elemento secundario o prescindible.

Sin embargo, la evidencia médica muestra que ambas medidas son complementarias. En regiones donde las temperaturas permanecen durante horas por debajo de cero, abrigarse protege a la persona cuando está expuesta al exterior o dentro del hogar, pero la calefacción protege el ambiente en el que esa persona vive. La combinación de ambas estrategias es la que ofrece la mejor defensa frente a uno de los factores climáticos que más impacto tiene sobre la salud durante el invierno.

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