Es una noticia que desarma. Saber que un bebé de apenas tres meses ingresó al Hospital Municipal de Bahía Blanca, con fiebre y un cuadro respiratorio, para terminar dando positivo en un análisis de orina por cocaína, corta la respiración. Pero saber que, además, es la segunda vez en su cortísima vida que atraviesa esto —con un antecedente idéntico hace apenas unas semanas— nos obliga a frenar, mirar de frente y reflexionar más allá de la indignación inmediata.
Este hecho nos expone, de la forma más cruda posible, las fallas de una red que debería ser infalible y la profunda complejidad de las adicciones en los contextos de crianza.La negación como síntoma, no solo como mentiraEl primer impulso social ante la noticia de que la madre niega el consumo es juzgar la mentira. Sin embargo, en el terreno de las adicciones severas, la negación rara vez es solo una estrategia de defensa legal; suele ser el síntoma de una enfermedad destructiva.
El consumo problemático nubla el juicio al punto de romper el instinto más primario: el de protección.Cuando una sustancia toma el control de los circuitos cerebrales, la percepción de la realidad se altera. La madre que niega el hecho probablemente convive con el pánico absoluto a las consecuencias, la culpa devoradora y, fundamentalmente, la incapacidad de ver su propia desconexión de la realidad.
Castigar el discurso sin abordar la patología de base es tapar el sol con las manos. El laberinto del sistema de protecciónQue estemos ante una “segunda internación” abre un interrogante incómodo para las instituciones. Si en mayo ya había intervenido el Hospital Penna por un cuadro similar, ¿dónde fallaron las alarmas? ¿Qué falló en el seguimiento del Servicio Local de Niñez o de los organismos de protección?
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Cuidar a las infancias vulnerables en contextos de adicción es una de las tareas más complejas del Estado. Desvincular a un hijo de su madre biológica es siempre una medida extrema y dolorosa, pero sostener el vínculo a costa de la vida del menor es una negligencia sistémica. Este caso nos demuestra que los protocolos a veces se mueven a una velocidad burocrática que la urgencia de un recién nacido no puede esperar.
El tiempo de un bebé de tres meses se mide en días, y cada exposición a una sustancia tóxica —ya sea por vía respiratoria ambiental o a través de la lactancia— es una ruleta rusa para su desarrollo neurológico. La urgencia de una mirada integralLa carátula de “Averiguación de ilícito” que lleva la UFIJ N.º 1 es el paso legal necesario, pero la justicia penal llega cuando el daño ya está hecho.
La verdadera urgencia es humana y médica. Para el bebé: Garantizar un entorno libre de tóxicos de manera inmediata y un monitoreo estricto de las secuelas a largo plazo en su sistema nervioso. Para la madre: Un abordaje de salud mental y adicciones que no sea un simple papel burocrático, sino un tratamiento real.Abordar esto solo desde el reproche moral nos deja en el mismo lugar de siempre: indignados en las redes sociales mientras la realidad sigue su curso.
La triste paradoja de este recién nacido en Bahía Blanca es que su salud hoy está a salvo en la sala de pediatría del Hospital Municipal, pero su mayor peligro empieza el día que le den el alta, si es que vuelve a salir por esa puerta hacia el mismo entorno que lo enfermó. Como sociedad, el dolor por estas noticias no nos puede volver indiferentes; tiene que ser el motor para exigir que los mecanismos de protección de la niñez dejen de reaccionar tarde.
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