Los árboles que perfuman de oro el otoño suarense. Cada otoño, cuando los primeros fríos comienzan a instalarse en Coronel Suárez y los días se acortan lentamente, la Plaza San Martín ofrece uno de esos espectáculos que muchas veces pasan desapercibidos en medio de las urgencias cotidianas. Allí, silenciosos y majestuosos, los ginkgos biloba transforman el paisaje con una explosión de amarillo dorado que parece iluminar cada rincón del paseo público.
No son árboles comunes. Mucho antes de que existieran nuestras ciudades, nuestros países e incluso buena parte de las especies vegetales que hoy conocemos, los ginkgos ya habitaban la Tierra. Son considerados auténticos fósiles vivientes, sobrevivientes de millones de años de historia, testigos silenciosos de transformaciones que escapan a toda escala humana.
En la Plaza San Martín, sin embargo, no impresionan por su antigüedad sino por su belleza. Durante gran parte del año pasan relativamente inadvertidos. Pero cuando llega el otoño ocurre la magia. Sus hojas en forma de abanico abandonan el verde y comienzan a teñirse de un amarillo intenso, brillante y uniforme, hasta convertir sus copas en verdaderas lámparas naturales bajo la luz suave de las tardes suarenses.
Hay algo casi poético en observarlas. El viento arranca lentamente las hojas y las deposita sobre senderos, bancos y canteros. El suelo se cubre entonces por una alfombra dorada que transforma el paisaje habitual …
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… en una escena que parece salida de una pintura. Sin embargo, la naturaleza rara vez es perfecta. Junto con esa belleza extraordinaria aparece una característica que no pasa inadvertida para quienes frecuentan la plaza.
Algunos de estos ejemplares producen frutos que, al caer y comenzar su descomposición, desprenden un olor fuerte y desagradable. La contradicción resulta inevitable: uno de los árboles más bellos del otoño también puede ser responsable de uno de los aromas menos agradables del espacio público. Pero quizás allí radique parte de su encanto. Los ginkgos nos recuerdan que la naturaleza no fue diseñada para satisfacer exclusivamente nuestros gustos.
Su misión es mucho más compleja y antigua. La belleza y la imperfección conviven en el mismo árbol, como sucede tantas veces en la vida misma. Mientras sus hojas doradas atraen miradas, cámaras fotográficas y admiración, sus frutos nos recuerdan que incluso aquello que consideramos hermoso puede contener aspectos menos agradables.
Aun así, cada año, cuando el otoño vuelve a pintar de amarillo la Plaza San Martín, los ginkgos recuperan su protagonismo. Y durante algunas semanas, antes de quedar desnudos frente al invierno, regalan a Coronel Suárez uno de los paisajes más bellos de la temporada. Un espectáculo efímero, silencioso y gratuito que invita a detenerse unos minutos, levantar la vista y descubrir que, muchas veces, la naturaleza sigue siendo la mejor artista de nuestra ciudad.
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