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La grieta que alimenta al poder: cuando dividir resulta más útil que gobernar

Durante las últimas décadas, la política argentina ha logrado instalar una de las divisiones más profundas de su historia reciente. Una grieta que atraviesa familias, grupos de amigos, lugares de trabajo y hasta comunidades enteras. Una confrontación permanente que parece no tener fin y que, lejos de resolver los problemas estructurales del país, se ha convertido en una herramienta funcional para quienes ejercen el poder.

La discusión pública parece girar cada vez más alrededor de etiquetas simplificadoras. De un lado están los “zurdos”. Del otro, los “gorilas”. Unos responsabilizan a los otros de todos los males nacionales, mientras que la contraparte responde con idéntica intensidad. El resultado es un escenario donde la descalificación reemplaza al debate y donde las propuestas concretas quedan relegadas a un segundo plano.

La estrategia no es nueva. El viejo principio de “divide y reinarás” ha sido utilizado a lo largo de la historia por distintos sectores de poder. Cuando la sociedad permanece enfrentada entre sí, resulta más difícil que concentre su atención en quienes tienen la responsabilidad de administrar el Estado. Mientras ciudadanos comunes discuten apasionadamente en redes sociales o reuniones familiares, los problemas centrales continúan sin resolverse: la inflación, la pobreza, la inseguridad, la falta de oportunidades para los jóvenes, el deterioro educativo y la incertidumbre económica.

El miedo se ha convertido en una de las principales herramientas electorales. En cada elección se repite una lógica similar: no se trata tanto de convencer a la población de las propias virtudes, sino de advertir sobre los supuestos peligros que representaría el adversario. Así, muchos ciudadanos terminan votando no por esperanza o convicción, sino por temor. Temor a perder derechos, temor a una crisis económica, temor al regreso de un modelo anterior o temor a la continuidad del actual.

De esta manera, los partidos políticos encuentran una fórmula eficaz para consolidar sus bases de apoyo. Cuanto más intensa es la confrontación, más difícil resulta que los votantes evalúen objetivamente los resultados de gestión. La identidad política termina pesando más que los hechos. La pertenencia a una tribu ideológica se vuelve más importante que la capacidad, la honestidad o la eficacia de quienes gobiernan.

Sin embargo, quizás la verdadera discusión que Argentina necesita dar sea otra. No la que enfrenta a “zurdos” contra “gorilas”, ni a peronistas contra antiperonistas, ni a liberales contra progresistas. La división más relevante debería establecerse entre buenos y malos dirigentes.

Buenos dirigentes son aquellos que administran con transparencia, respetan las instituciones, cumplen sus promesas razonables, rinden cuentas y buscan soluciones concretas para mejorar la vida de la población. Malos dirigentes son aquellos que utilizan el poder para beneficio propio, fomentan el enfrentamiento permanente, priorizan intereses partidarios sobre el bien común y fracasan reiteradamente sin asumir responsabilidades.

Esa es la grieta que muchas veces queda oculta detrás del ruido político cotidiano. Porque la corrupción no tiene ideología exclusiva. La incompetencia tampoco. La honestidad, el compromiso y la capacidad de gestión pueden encontrarse en distintos espacios políticos, del mismo modo que la demagogia, el oportunismo y la falta de resultados pueden aparecer en cualquiera de ellos.

La sociedad argentina enfrenta el desafío de recuperar una mirada más crítica e independiente. Dejar de evaluar a los dirigentes por el color de la bandera que levantan y comenzar a hacerlo por los resultados que producen. Exigir menos relatos y más soluciones. Menos enemigos imaginarios y más responsabilidad pública.

Mientras la discusión siga centrada en quién es el enemigo de turno, la política continuará encontrando en la división una fuente de fortaleza. Pero el día que la ciudadanía decida correr el foco de las etiquetas y concentrarse en la calidad de quienes la representan, quizás comience a cerrarse una grieta que durante demasiado tiempo ha servido más a los políticos que a la gente.

Porque al final del camino, los problemas de los argentinos no distinguen entre izquierdas y derechas. La inflación afecta a todos. La inseguridad preocupa a todos. La falta de empleo golpea a todos. Y tal vez sea hora de comprender que el verdadero debate no debería ser entre compatriotas enfrentados por consignas partidarias, sino entre quienes trabajan honestamente por el país y quienes utilizan las divisiones para perpetuarse en el poder.

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