“Todos los hombres nacen iguales, pero es la última vez que lo son.” La frase, atribuida a Abraham Lincoln, no solo resiste el paso del tiempo: lo desafía. Funciona como una advertencia incómoda, casi como una sentencia. Porque si el punto de partida es la igualdad, ¿en qué momento se rompe? ¿Quién decide que esa igualdad inicial se diluya hasta volverse irreconocible?
En teoría, la vida comienza sin jerarquías. Un recién nacido no tiene ideología, clase social ni privilegios propios. No sabe de fronteras, ni de apellidos, ni de oportunidades. Respira, llora, busca abrigo. Es, en esencia, igual a cualquier otro. Pero ese instante dura poco. A veces, apenas unos minutos.
El entorno empieza a escribir su historia antes de que pueda hacerlo por sí mismo. El lugar donde nace, la familia que lo recibe, el acceso a la salud, a la educación, al alimento. Todo empieza a pesar. Y esa balanza, que debería mantenerse equilibrada, se inclina con rapidez.
Hay niños que nacen en hogares donde el futuro se planifica. Otros, en contextos donde el futuro es una incógnita diaria. Algunos crecen rodeados de libros, estímulos, oportunidades. Otros, entre carencias, urgencias y silencios. Y así, casi sin darse cuenta, la igualdad inicial se convierte en una ilusión.
La frase de Lincoln no es solo una reflexión filosófica: es una crítica que sigue vigente. Porque el problema no es que los hombres dejen de ser iguales. El problema es que como sociedad naturalizamos esa desigualdad, la volvemos paisaje, la aceptamos como si fuera inevitable.
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Se habla de mérito, de esfuerzo, de superación personal. Y sin dudas, esos valores importan. Pero no todos parten desde el mismo lugar. No todos corren la misma carrera, ni con las mismas reglas. Hay quienes arrancan varios metros atrás, cargando pesos invisibles que otros nunca tendrán que levantar.
La desigualdad no siempre es evidente. A veces no grita, no se muestra. Se filtra en lo cotidiano: en una escuela que no tiene recursos, en un sistema de salud que llega tarde, en una oportunidad laboral que nunca aparece. Es una construcción silenciosa, pero constante. Y entonces, la pregunta deja de ser filosófica para volverse urgente: ¿qué hacemos con esa desigualdad? ¿La aceptamos como parte del orden natural o la cuestionamos?
Porque si todos nacen iguales, pero esa igualdad dura apenas un instante, entonces hay una responsabilidad colectiva en lo que ocurre después. No es solo el destino, ni la suerte. Es el resultado de decisiones, de políticas, de prioridades. El riesgo más grande no es la desigualdad en sí misma. Es acostumbrarse a ella. Es dejar de verla. Es pensar que siempre fue así y que no puede ser de otra manera.
Sin embargo, cada tanto, la realidad ofrece señales de que el rumbo puede cambiar. Programas que incluyen, docentes que transforman, comunidades que acompañan. Pequeños gestos que, sumados, pueden achicar distancias. No eliminan las diferencias de un día para otro, pero muestran que no todo está escrito.
La frase de Lincoln no debería ser una resignación. Debería ser un punto de partida para la incomodidad. Para la reflexión. Para la acción. Porque si el único momento en que somos verdaderamente iguales es al nacer, entonces el verdadero desafío no está en ese instante inicial. Está en todo lo que viene después. Y ahí, la historia todavía puede escribirse de otra manera.
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