El malestar dentro de la Policía Bonaerense ya no se explica solamente por salarios bajos, jornadas extensas o falta de contención psicológica. Esos problemas, graves y persistentes, hoy conviven con una distorsión aún más profunda: la creciente utilización de efectivos para tareas ajenas a la seguridad, desde funciones administrativas hasta trabajos domésticos o de servicio que poco tienen que ver con la vocación policial.
El diagnóstico expuesto por Nicolás Masi no hace más que confirmar lo que en la práctica cotidiana ya resulta evidente. Una fuerza que debería estar enfocada en prevenir el delito, investigar y proteger a la ciudadanía, termina siendo absorbida por un esquema que la dispersa y la desgasta en múltiples frentes. La sobrecarga laboral no solo se mide en horas, sino también en la pérdida de sentido de la tarea.
Hoy, en distintos puntos de la provincia, no resulta extraño encontrar policías cumpliendo roles de choferes, asistentes, ordenanzas o encargados de tareas logísticas menores. En algunos casos, incluso, se los destina a actividades domésticas o de mantenimiento en dependencias oficiales. Esta realidad, naturalizada puertas adentro, constituye un síntoma alarmante de un sistema que administra la escasez con improvisación.
El problema de fondo no es únicamente operativo, sino estructural. Cuando un efectivo es desviado de su función específica, no solo se vulnera su dignidad laboral, sino que también se debilita la capacidad del Estado para garantizar seguridad. Cada policía ocupado en tareas impropias es un recurso menos en la calle, en la prevención, en la respuesta ante el delito.
A esto se suma el contexto económico. Con sueldos que, según el propio gremio, rondan los 800 mil pesos, muchos agentes se ven obligados a buscar ingresos adicionales. Esa necesidad termina …
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… consolidando un círculo vicioso: salarios bajos, pluriempleo, agotamiento físico y mental, y menor eficacia en el servicio. La vocación, en este escenario, queda relegada frente a la urgencia de subsistir.
La falta de apoyo en salud mental agrava aún más el cuadro. No se trata solo de policías cansados, sino de agentes expuestos a situaciones límite sin acompañamiento profesional. La consecuencia es una fuerza tensionada, con niveles de estrés acumulados que impactan tanto en su desempeño como en su vida personal.
El clima interno refleja esta crisis. Los silbidos en actos oficiales, las protestas silenciosas y el malestar creciente no son hechos aislados, sino la expresión de una institución que siente que el reconocimiento no llega. Más aún, desde el propio sindicato denuncian sanciones y medidas disciplinarias frente a los reclamos, lo que profundiza la sensación de abandono.
En este contexto, la conducción política enfrenta un desafío que ya no admite diagnósticos repetidos. Reconocer las falencias sin corregirlas solo agrava la desconfianza interna. La Policía Bonaerense necesita algo más que discursos: requiere una redefinición clara de sus funciones, una mejora salarial acorde a la responsabilidad que implica su tarea y, sobre todo, una estructura que la respalde en lugar de desgastarla.
Porque cuando un policía deja de ser policía para convertirse en un trabajador multifunción, el problema no es individual. Es el reflejo de un Estado que, en lugar de ordenar sus prioridades, termina diluyéndolas. Y en esa dilución, la seguridad —una de las principales demandas sociales— queda peligrosamente relegada.
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