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La “nueva política”: quedan atrás las expectativas y se repiten viejas prácticas

Hay una frase popular que resume con crudeza la relación entre los ciudadanos y muchos dirigentes: “los políticos son como las palomas: cuando están abajo comen de tu mano y cuando están arriba te ensucian la cabeza”. Más allá del tono irónico, la metáfora encierra una percepción social que se repite con frecuencia: la distancia entre el discurso previo al poder y el comportamiento una vez alcanzado.

Durante los últimos años, la llamada “nueva política” se presentó como una alternativa a los vicios tradicionales del sistema. El mensaje era claro: terminar con los privilegios, con las prácticas opacas y con una dirigencia que parecía vivir desconectada de la realidad cotidiana de los ciudadanos. Ese discurso encontró eco en una sociedad cansada de promesas incumplidas y de escándalos recurrentes.

Sin embargo, el paso del tiempo vuelve a plantear una pregunta incómoda: ¿qué tan nueva resultó realmente esa política? Las causas judiciales abiertas contra distintos dirigentes, las polémicas por viajes presidenciales de carácter no oficial y el reciente escándalo que salpica al jefe de Gabinete alimentan la sensación de que el cambio prometido quedó más en el plano retórico que en la práctica cotidiana del poder.

No se trata únicamente de episodios aislados, sino de señales que reavivan un viejo problema: la brecha entre lo que se dice en campaña y lo que ocurre después. En campaña, la política suele mostrarse cercana. Los dirigentes recorren barrios, escuchan reclamos y se presentan como ciudadanos comunes dispuestos a enfrentar los privilegios del sistema.

Es el momento en que, siguiendo la metáfora, “comen de la mano” de la gente: necesitan el apoyo, el voto y la confianza. Pero una vez alcanzado el poder, muchas veces aparece otra cara. La agenda cambia, las explicaciones se vuelven más complejas y los compromisos adoptan matices. Es allí donde surge la frustración social: cuando la promesa de transparencia, austeridad o renovación termina pareciéndose demasiado a aquello que se había prometido combatir.

El problema no es solo político, sino también institucional y cultural. Cada nuevo desencanto erosiona la confianza pública y refuerza el cinismo ciudadano hacia la dirigencia. Cuando la “nueva política” repite los mismos errores que criticaba, la consecuencia no es solo un desgaste para un gobierno determinado, sino para todo el sistema democrático.

La metáfora de las palomas puede ser injusta para quienes ejercen la política con vocación pública y honestidad, que también los hay. Pero su persistencia en el imaginario colectivo revela algo más profundo: una ciudadanía que observa con creciente desconfianza a quienes prometen ser distintos y terminan actuando como siempre.

Tal vez el verdadero desafío de la política —vieja o nueva— sea justamente romper ese ciclo. Porque cada vez que la promesa de cambio se transforma en decepción, no solo cae la credibilidad de un gobierno. También se debilita la esperanza de que la política pueda, alguna vez, estar realmente a la altura de lo que promete.

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