Este 3 de abril el club Boca Juniors de Cap. Federal cumple 121 años y una historia tan rica como la grandeza de su club. Cuando las ganas pueden más que todo: el espíritu emprendedor que nace de un sueño. No había dinero, no había estructura, no había garantías de éxito. Solo había algo mucho más poderoso: ganas. Ganas de hacer, de crear, de dejar una huella. Eran cinco jóvenes, hijos de inmigrantes, reunidos casi por casualidad en la casa de uno de ellos, Esteban Baglietto.
A su alrededor, Santiago Sana, Alfredo Scarpatti y los hermanos Juan Antonio Farenga y Teodoro Farenga compartían algo más que una amistad: compartían una inquietud. No fue fácil. Ni siquiera tuvieron un lugar donde terminar de soñar. La reunión se interrumpió, la casa dejó de ser espacio, y entonces la calle —la plaza— se convirtió en el escenario.
En la modesta Plaza Solís, en el corazón de La Boca, entre calles de tierra y realidades humildes, esos jóvenes siguieron imaginando lo que aún no existía. La historia podría contarse como una simple anécdota deportiva. Pero en realidad es mucho más que eso. Es la prueba viva de que el impulso emprendedor no necesita condiciones ideales, sino decisión. No espera el momento perfecto, lo crea. No depende de los recursos, sino de la actitud.
Aquellos jóvenes no sabían que estaban fundando uno de los clubes más grandes del mundo. No pensaban en la gloria, ni en títulos, ni en multitudes. Pensaban en jugar, en reunirse, en construir algo
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… que los representara. Y eso fue suficiente para empezar. Designaron presidente a Baglietto, organizaron como pudieron su primer equipo y, pocas semanas después, el 21 de abril, lograron su primer triunfo.
Un 4 a 0 que no solo marcó un resultado, sino el nacimiento de una identidad. La confirmación de que cuando hay ganas, las cosas pasan. Hoy, más de un siglo después, esa historia sigue interpelando. Porque en cada proyecto, en cada idea postergada, en cada “algún día lo voy a hacer”, hay una oportunidad latente.
Y muchas veces lo único que falta no es capacidad, ni dinero, ni contactos. Falta dar el paso. El emprendedor no es el que tiene todo resuelto. Es el que se anima en medio de la incertidumbre. El que sigue en la plaza cuando se queda sin casa. El que insiste cuando el contexto no ayuda.
En tiempos donde las dificultades parecen imponerse, donde el contexto económico desalienta y donde muchas veces cuesta sostener el ánimo, historias como esta recuerdan algo esencial: las grandes cosas nacen de decisiones pequeñas, pero valientes. Cinco jóvenes. Una charla interrumpida. Una plaza cualquiera. Y un legado que demuestra que cuando hay actitud, compromiso y ganas de hacer, no hay límite que alcance para detener un sueño.
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