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Más eficiencia, menos rentabilidad y cierres constantes: el dilema del sector lechero

En el corazón productivo de la provincia de Buenos Aires, la lechería atraviesa una paradoja que inquieta al sector: mientras los niveles de producción muestran signos de crecimiento, la rentabilidad se reduce y el cierre de tambos se vuelve una constante. El fenómeno, lejos de ser coyuntural, empieza a perfilarse como una transformación estructural que abre interrogantes sobre el rumbo del modelo agropecuario.

La situación fue expuesta con crudeza por el ministro de Desarrollo Agrario bonaerense, Javier Rodríguez, quien advirtió que en los últimos dos años cerraron más de mil tambos en la provincia. El número no es menor: representa cerca del 10% de las unidades productivas, un dato que refleja la magnitud del proceso en marcha.

El escenario actual muestra una dinámica compleja. Por un lado, la producción de leche mantiene un ritmo sostenido, impulsado por mejoras tecnológicas, eficiencia en los sistemas de ordeñe y condiciones climáticas relativamente favorables en algunas regiones.

Pero, por otro, los márgenes económicos se achican. Los costos de producción —alimentación, insumos, energía y logística— crecen a un ritmo que muchos productores consideran difícil de sostener. A esto se suma la volatilidad de precios y las dificultades para trasladar esos costos a lo largo de la cadena. El resultado es una ecuación que no cierra: más litros, pero menos rentabilidad.

En este contexto, el debate político aparece inevitablemente ligado a la economía del sector. Desde la provincia de Buenos Aires se plantea que las políticas impulsadas por el presidente Javier Milei generan un esquema que favorece ciertos indicadores macroeconómicos, pero que presiona sobre las economías regionales.

La apertura económica, la reducción de regulaciones y la reconfiguración de precios relativos impactan de manera desigual en la cadena productiva.

En el caso de la lechería, donde predominan pequeños y medianos productores, la falta de espalda financiera hace que cualquier desajuste se traduzca rápidamente en dificultades operativas.

El dato de los más de mil tambos cerrados no solo habla de números. Detrás de cada establecimiento que deja de funcionar hay familias que abandonan la actividad, trabajadores que pierden su fuente laboral y comunidades rurales que ven afectado su entramado económico.

La concentración productiva aparece entonces como una de las consecuencias más visibles: menos tambos, pero de mayor escala. Un proceso que puede mejorar la eficiencia en términos globales, pero que también genera interrogantes sobre el impacto social en el interior bonaerense.

La lechería es una actividad estratégica que articula múltiples eslabones: producción primaria, industria, transporte y comercialización. Cuando uno de esos engranajes se resiente, el efecto se traslada al resto. Hoy, la tensión se percibe en toda la cadena. Los productores reclaman mejores condiciones, la industria enfrenta sus propios desafíos y el consumo interno también se ve afectado por el contexto económico general.

El debate de fondo gira en torno a qué modelo de desarrollo se busca para el agro argentino. ¿Uno basado en la eficiencia y la escala, o uno que también contemple la sostenibilidad social de las economías regionales? En la provincia de Buenos Aires, la lechería funciona como un verdadero termómetro de esa discusión.

Lo que ocurre en los tambos no es un hecho aislado, sino un reflejo de tensiones más amplias que atraviesan al país. Mientras los números productivos intentan sostener una imagen de crecimiento, la realidad en el territorio plantea otra pregunta, más profunda: ¿cuánto puede crecer un sector si, al mismo tiempo, pierde a quienes lo sostienen día a día?

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