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Morir trabajando: cuando jubilarse deja de ser una opción en la Argentina

La muerte de Carlos “Vasco” Larrañaga un camionero de 70 años, ocurrida este martes en el puerto de Quequén y de donde era oriundo, no es solo una tragedia individual. Es también el reflejo de una realidad mucho más profunda y extendida en la Argentina actual: la necesidad de seguir trabajando más allá de la edad jubilatoria por la pérdida del poder adquisitivo.

Sin embargo, lejos de estar disfrutando de su tiempo, continuaba arriba de un camión, esperando turno en una planta de la Asociación de Cooperativas Argentinas, como tantos otros trabajadores que no pueden darse el lujo de retirarse. Murió en su lugar de trabajo. Aplastado por su propio camión. Una muerte absurda, inesperada, pero también profundamente simbólica.

Larrañaga tenía 70 años. Toda una vida vinculada al transporte. En teoría, a esa edad la vida debería ofrecer otra etapa: descanso, familia, tiempo propio. Pero en la práctica, miles de jubilados en el país siguen activos porque sus ingresos no alcanzan para cubrir necesidades básicas. El problema no es nuevo, pero se ha profundizado en los últimos años.

La inflación, la pérdida del poder adquisitivo y la falta de actualización real de los haberes previsionales han generado un escenario donde jubilarse, muchas veces, significa caer en la pobreza. Y entonces aparece la única alternativa posible para muchos: seguir trabajando. El caso de Larrañaga expone otro aspecto crítico: el riesgo.

Trabajos como el transporte, la construcción o el campo requieren esfuerzo físico, reflejos y condiciones que naturalmente se deterioran con la edad. Sin embargo, la necesidad empuja. Y en ese empuje, se naturaliza lo que no debería ser normal: personas de 70 años o más realizando tareas exigentes, expuestas a situaciones peligrosas. No se trata de vocación ni de pasión por el trabajo. Se trata, en muchos casos, de supervivencia.

Una tragedia que interpela

Lo ocurrido en Quequén genera conmoción, pero también debería generar preguntas incómodas.
¿Cuántas personas mayores siguen trabajando porque no tienen otra opción?
¿Cuántas están expuestas a riesgos que no deberían asumir?

¿Cuántas historias como esta podrían evitarse?
La investigación judicial avanzará para determinar responsabilidades concretas en el accidente. Pero hay una responsabilidad más amplia, estructural, que excede un hecho puntual.

El derecho a otra etapa

Trabajar toda la vida debería garantizar algo básico: poder dejar de hacerlo en condiciones dignas. La muerte de un camionero de 70 años en plena actividad no debería ser una postal aceptada. Debería ser una alarma. Porque cuando una sociedad naturaliza que sus mayores mueran trabajando, lo que está fallando no es solo el sistema previsional. Es el contrato social mismo. Y tal vez ahí esté lo más doloroso de esta historia: no solo cómo murió, sino por qué seguía trabajando.

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