En cada barrio hay una peluquería. Un pequeño local con espejo, sillón giratorio y una vidriera que promete renovación. Sin embargo, detrás de esa escena cotidiana se esconde una realidad mucho menos glamorosa: precariedad laboral, ingresos inestables y un horizonte de crecimiento cada vez más lejano para la mayoría de quienes trabajan en el rubro.
El sector, compuesto en gran parte por trabajadores independientes, monotributistas o empleados sin plena registración, se sostiene sobre esquemas informales que trasladan casi todo el riesgo al trabajador. En muchos casos no hay salario fijo: se cobra a comisión, por porcentaje de cada corte realizado. Si no hay clientes, no hay ingreso. Si la economía se frena, el impacto es inmediato.
Ingresos bajos, costos altos
Los valores que se manejan en gran parte del mercado son extremadamente bajos en relación con el tiempo, la formación y la inversión que requiere el oficio. Un corte puede demandar entre 25 y 40 minutos de dedicación, sumado a la compra de insumos, mantenimiento de herramientas, alquiler del espacio y servicios. Sin embargo, el precio final muchas veces apenas alcanza para cubrir gastos básicos.
A esto se suma la competencia creciente: cadenas con múltiples sucursales, promociones agresivas y esquemas de contratación que presionan aún más a la baja los honorarios. En ese contexto, el peluquero o peluquera de barrio queda atrapado entre la necesidad de no perder clientela y la imposibilidad de aumentar tarifas para mejorar su ingreso.
El local propio, cada vez más lejos
Históricamente, la peluquería fue vista como un oficio que permitía progresar: empezar como asistente, ganar experiencia y, con el tiempo, abrir el propio salón. Ese camino hoy se vuelve excepcional. Con alquileres elevados, costos iniciales altos y acceso limitado al crédito, la posibilidad de montar un local propio se transforma en una meta difícil de alcanzar.
Para muchos trabajadores del sector, la realidad es permanecer años —a veces décadas— alquilando una silla, trabajando a porcentaje o cambiando de salón en salón sin estabilidad ni acumulación real de capital. La consecuencia es una baja expectativa de crecimiento personal y familiar. Proyectar la compra de una vivienda, formar una familia o sostener estudios para los hijos se vuelve complejo cuando los ingresos son variables y, en muchos casos, insuficientes.
Formación sin respaldo
Paradójicamente, el rubro exige capacitación constante. Tendencias, técnicas de coloración, cortes modernos, productos nuevos: todo requiere inversión en cursos y herramientas. Pero esa formación rara vez se traduce en mejoras estructurales en las condiciones laborales. La ausencia de convenios sólidos en muchos casos, la informalidad y la fragmentación del sector dificultan la organización colectiva. Así, cada trabajador negocia en soledad, compite en un mercado saturado y absorbe los efectos de cada crisis económica.
Un oficio esencial, pero subvalorado
La peluquería no es un lujo ocasional: es un servicio regular, parte del cuidado personal y de la vida social. Sin embargo, quienes lo ejercen suelen quedar relegados en términos de reconocimiento económico y derechos laborales. La precariedad no siempre se ve en el espejo. Está en las jornadas extensas sin aportes suficientes, en la falta de vacaciones pagas, en la incertidumbre diaria.
Está en el profesional que trabaja diez horas de pie para alcanzar un ingreso que apenas cubre lo básico. Si no se revisan las condiciones estructurales del sector —formalización, acceso al crédito, regulación justa y valorización real del trabajo— el resultado será un círculo vicioso: trabajadores agotados, baja rentabilidad y un futuro cada vez más estrecho.
Detrás de cada corte prolijo y cada color impecable hay horas de esfuerzo que rara vez se traducen en estabilidad. Y mientras las tijeras siguen cortando, el sueño de crecer —tener un local propio, una casa, una vida proyectable— se vuelve, para muchos, una promesa que nunca termina de peinarse en la dirección correcta.











