Cada vez que una empresa o comercio baja la persiana, el reflejo inmediato suele ser el mismo: “mala gestión”, “no supo adaptarse”, “no fue competitivo”. La explicación rápida tranquiliza conciencias. Individualiza el problema. Lo convierte en un error personal y no en una falla estructural.
Pero esa lectura simplificada muchas veces oculta una realidad más profunda y más incómoda: la falta de dinero circulando en la economía y los salarios deteriorados son factores determinantes en la caída de la actividad.
No todos los cierres responden a inoperancia. De hecho, miles de pequeños y medianos empresarios sostienen sus negocios con jornadas interminables, reducción de márgenes y endeudamiento constante. Sin embargo, cuando el consumo cae de manera prolongada y el poder adquisitivo se desploma, incluso el comercio mejor administrado queda expuesto.
Sin consumo no hay milagros
La ecuación es simple: si la mayoría de la población pierde capacidad de compra, vende menos el kiosco, la peluquería, la zapatería y también el negocio que ofrece productos premium. No se trata de que “la gente no quiere gastar”, sino de que no puede hacerlo.
Cuando el salario no alcanza para cubrir lo básico, el consumo se retrae y el comercio se paraliza. En ese contexto, exigir que cada cierre sea explicado por la supuesta incapacidad del dueño es ignorar el dato central: sin demanda suficiente no hay modelo de negocio que resista indefinidamente.
En un país normal, todo tiene mercado
En una economía sana, tanto lo caro como lo barato encuentran su público. Hay segmentos diferenciados, diversidad de ofertas y oportunidades para distintos niveles de ingreso. Un trabajador puede proyectar: alquilar, comprar, emprender, ahorrar. Un comerciante puede invertir, ampliar, contratar personal.
En ese esquema, los precios no son el enemigo en sí mismos. Lo que define la dinámica es la relación entre ingresos y costos. Cuando los salarios acompañan la evolución de los precios, el sistema funciona. Cuando se rompen esos equilibrios, el mercado se achica y la competencia deja de ser virtuosa para transformarse en una carrera desesperada por sobrevivir.
La trampa del “ajuste individual”
Responsabilizar exclusivamente al comerciante por el cierre de su negocio es funcional a una narrativa que evita discutir el contexto macroeconómico. Es más sencillo señalar fallas individuales que analizar políticas que impactan en el poder adquisitivo, el crédito, la presión impositiva o el acceso a financiamiento productivo.
Claro que existen casos de mala administración. Pero convertir cada persiana baja en una historia de ineptitud personal es desconocer que miles de negocios enfrentan el mismo problema al mismo tiempo. Cuando el fenómeno es masivo, la causa difícilmente sea individual.
La cadena invisible
Cada comercio que cierra no afecta solo a su dueño. Impacta en empleados, proveedores, distribuidores y en la comunidad que pierde un punto de encuentro y circulación económica. Es una cadena que se contrae.
La falta de dinero en la calle no es una abstracción: es menos trabajo, menos oportunidades y menos proyectos de vida. Y cuando esa contracción se prolonga, comienza a erosionar no solo el tejido productivo sino también las expectativas sociales.
Cambiar la mirada
Revisar la forma en que interpretamos los cierres es un primer paso. Dejar de reducir todo a la “inoperancia” permite abrir una discusión más honesta sobre salarios, consumo y políticas económicas.
Un país donde el trabajo permite vivir dignamente es un país donde los comercios venden, las empresas crecen y los trabajadores proyectan futuro. Donde lo caro y lo barato conviven porque hay ingresos que sostienen esa diversidad.
Mientras no se recupere el poder de compra y la circulación de dinero, seguir culpando exclusivamente a quienes bajan la persiana será una explicación cómoda, pero incompleta. Y sobre todo, insuficiente para revertir el problema.











