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A 248 años de su nacimiento: el legado de un patriota que no olvidó sus raíces

En el corazón del litoral argentino, en la pequeña y mítica localidad de Yapeyú, nació el 25 de febrero de 1778 quien habría de convertirse en uno de los mayores libertadores de América: José de San Martín. Aquel territorio formaba parte de las antiguas misiones jesuíticas y, en tiempos coloniales, integraba la Gobernación de las Misiones Guaraníes del Virreinato del Río de la Plata.

Hoy, las ruinas de lo que se supone fue su casa natal se resguardan en un pequeño templo, como si la historia misma susurrara allí el origen de una grandeza destinada a cambiar el destino de un continente. Hijo de padres españoles, Juan de San Martín y Gregoria Matorras, José fue el menor de cinco hermanos. Sus primeros años transcurrieron entre los paisajes rojizos y la espesura misionera, pero la vida pronto lo llevaría lejos de su tierra natal.

A los tres años, su familia se trasladó a Buenos Aires, y en 1783, por razones laborales de su padre, cruzaron el océano rumbo a España. Sin saberlo, aquel niño criollo iniciaba un viaje que lo formaría como militar y, más aún, como hombre de ideales firmes y espíritu indomable.

En Europa, en medio de los vientos revolucionarios que sacudían al mundo —los ecos de la Revolución Francesa estremecían tronos y conciencias—, San Martín abrazó la carrera de las armas con apenas once años. Forjó su temple en los campos de batalla, aprendió estrategia, disciplina y sacrificio. Pero detrás del uniforme latía siempre la memoria de su América lejana.

Su vida militar en el ejército español le otorgó experiencia y prestigio, pero su corazón no olvidó sus raíces. Cuando el llamado de la libertad comenzó a resonar en el continente americano, comprendió que su destino no estaba en Europa, sino en la emancipación de los pueblos que lo habían visto nacer. Así, el soldado formado en el Viejo Mundo regresó al Nuevo con un propósito inmenso: liberar a las naciones del yugo colonial.

La historia lo consagraría como el estratega del cruce de los Andes, el libertador de Argentina, Chile y Perú, y el ejemplo supremo de austeridad y grandeza moral. Pero antes de las epopeyas, antes de los ejércitos y las proclamas, hubo un niño nacido en Yapeyú, bajo el cielo humilde de las misiones.

Recordar su nacimiento es recordar que los grandes hombres también comienzan en la sencillez de una casa pequeña, en un rincón apartado del mapa. Y que, a veces, desde las ruinas silenciosas de un templo en Corrientes, puede nacer la fuerza capaz de cambiar la historia de todo un continente.

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