El negocio de los combustibles en Argentina atraviesa una transformación silenciosa pero profunda. Hoy, dos de cada tres personas que ingresan a una estación de servicio no lo hacen para cargar nafta o gasoil, sino para consumir en tiendas, cafeterías y espacios gastronómicos. En un país con más de 5.300 bocas de expendio, el surtidor dejó de ser el único motor de ingresos.
Desde la conducción de YPF, su CEO Horacio Marín remarcó que algunas concesiones de marcas internacionales, como McDonald’s, ya lideran ventas en determinados rubros, incluso por encima de locales tradicionales de comida rápida. La competencia, coinciden los especialistas, ya no pasa exclusivamente por los litros despachados, sino por la capacidad de generar valor con cada cliente que cruza la puerta.
En estaciones bien gestionadas, la facturación proveniente de tiendas y gastronomía puede representar entre el 30% y el 50% del total. El impulso llega de la mano de tiendas de conveniencia, café de especialidad, autodespacho, digitalización de pagos y programas de fidelización. La estación se convierte así en un punto de experiencia, no solo en un lugar de paso.
Impuestos en alza y precios que presionan. En paralelo, el Gobierno nacional aplicó en febrero una actualización parcial de los impuestos a los combustibles mediante el Decreto 74/2026. El ajuste elevó el precio de la nafta súper a $1.583,80 y el del gasoil a más de $1.617 en la mayoría de las provincias, con valores aún mayores en la Patagonia.
El cronograma oficial, que difiere subas pendientes de años anteriores, busca sostener el frente fiscal. Sin embargo, para consumidores y transportistas —cuyos costos subieron más de 20% solo en enero— cada incremento impacta de lleno en el bolsillo. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), la inflación acumulada entre 2018 y 2025 alcanzó el 7.885%, configurando un escenario de alta sensibilidad en precios.
A esto se suma un desfasaje entre los valores internos y la evolución internacional del crudo, que en 2025 registró una baja del 19% que no se trasladó plenamente al surtidor. El resultado es un esquema donde la rentabilidad del negocio energético depende tanto de la política impositiva como de la diversificación comercial.
El cambio de paradigma redefine el vínculo con el cliente. Como señalan referentes del sector, la elección de una estación ya no se explica solo por el precio del combustible, sino por factores como la calidad del café, la propuesta gastronómica, la rapidez, la limpieza y la comodidad. Cada visita se transforma en oportunidad de consumo adicional y fidelización, incluso sin cargar el tanque.
La incorporación de autodespacho, telemedición y digitalización optimiza costos, mientras que la transición hacia la movilidad eléctrica abre nuevas oportunidades con la instalación de puntos de recarga para vehículos híbridos y flotas corporativas. Lejos de reemplazar al combustible líquido, la estrategia apunta a ampliar la oferta energética y fortalecer el ecosistema comercial de las estaciones. En un mercado donde la rentabilidad del litro se achica, el verdadero negocio empieza a estar puertas adentro.











