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Economía asfixiada: cuando el crédito no llega y sobrevivir es intolerable

La economía actual no solo está rota en sus números: está quebrada en su lógica. Mientras los discursos oficiales hablan de orden, equilibrio y sacrificio, en la calle lo que se respira es asfixia. Comercios que bajan persianas, pymes que sobreviven mes a mes y familias que ya no proyectan, apenas resisten. En ese escenario, el crédito —históricamente una herramienta para oxigenar la actividad— se ha convertido en un privilegio inaccesible para quienes más lo necesitan.

Hoy, pedir un préstamo es casi un acto ingenuo. Tasas imposibles, requisitos excluyentes y un sistema financiero que le da la espalda al sector productivo conforman un combo letal. El crédito existe, sí, pero no para el que está en problemas, no para el que necesita aire para seguir. Existe para el que ya tiene espalda, garantías, excedentes. Para el resto, solo hay negativas, dilaciones o propuestas que equivalen a una condena futura.

Las pequeñas y medianas empresas, motor histórico del empleo, son las primeras víctimas de esta lógica. Sin acceso a financiamiento razonable, no pueden invertir, reponer stock, sostener puestos de trabajo ni adaptarse a un mercado cada vez más chico y volátil. La consecuencia es directa: menos producción, más despidos, más informalidad. Un círculo vicioso que se retroalimenta y profundiza la recesión.

Pero el problema no termina ahí. Del otro lado del mostrador están las personas. Familias que recurren al crédito no para crecer, sino para llegar a fin de mes. Tarjetas reventadas, préstamos personales con intereses usurarios, refinanciaciones eternas. El endeudamiento ya no es una herramienta: es una trampa. Y cuando el sistema financiero se retira del juego, lo que avanza es el crédito informal, peligroso y silencioso, que termina de empujar a muchos al abismo.

La paradoja es evidente: en una economía en crisis, el crédito debería ser parte de la solución, no del problema. Sin embargo, el actual modelo prioriza la rentabilidad financiera por sobre la actividad real. Se protege al capital especulativo mientras se deja librado a su suerte al que produce, trabaja y consume. No hay desarrollo posible sin crédito accesible, ni estabilidad social sin una economía que funcione para las mayorías.

La falta de oxígeno no es una metáfora exagerada. Es la sensación cotidiana de miles de argentinos que sienten que, hagan lo que hagan, siempre van un paso atrás. Que el esfuerzo ya no garantiza nada. Que el sistema está diseñado para excluir, no para acompañar. Y cuando eso ocurre, el daño no es solo económico: es emocional, social, estructural.

Una economía que no ofrece herramientas para atravesar las dificultades es una economía que empuja al fracaso colectivo. El debate de fondo no es técnico, es político y humano: ¿para quién está pensada la economía? ¿Para equilibrar planillas o para sostener la vida cotidiana de quienes la hacen funcionar?

Mientras el crédito siga siendo inaccesible para quienes más lo necesitan, la recuperación será apenas un eslogan. Y la economía, lejos de ordenarse, seguirá rota en su núcleo más sensible: la posibilidad de dar una oportunidad antes de que sea demasiado tarde.

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