Mar del Plata vuelve a ser escenario de una polémica tan previsible como incómoda. Con la llegada del verano, el debate por el achicamiento del espacio público en las playas reaparece con fuerza, impulsado esta vez por videos virales que muestran escenas elocuentes: turistas amontonados en franjas mínimas de arena, balnearios privados avanzando hasta donde pueden y vecinos reclamando lo que, en los hechos, parece haberse convertido en un bien escaso.
Las imágenes circularon rápido y reavivaron una discusión que nunca termina de saldarse. En el Concejo Deliberante, empresarios del sector turístico y dirigentes políticos se cruzan acusaciones: unos hablan de “ataques al trabajo y la inversión”, otros denuncian “privatización encubierta” y falta de control estatal. Mientras tanto, el conflicto real sigue sin resolverse y se repite cada temporada con el mismo libreto.
El problema, sin embargo, va mucho más allá de una discusión coyuntural o de la viralización de algunos videos. Se trata de un conflicto estructural que combina decisiones políticas tomadas durante décadas, concesiones otorgadas sin una planificación integral del frente costero y una ausencia persistente de controles efectivos. A eso se suma la falta de obras de fondo que contemplen la dinámica natural de la costa y el impacto del cambio climático, que acelera la erosión y reduce año tras año la superficie de arena disponible.
En ese contexto, la tensión entre lo público y lo privado se vuelve cada vez más visible. Las concesiones avanzan, los servicios pagos se multiplican y el espacio libre para quienes no pueden —o no quieren— pagar una carpa o un parador se reduce a sectores cada vez más angostos. El derecho al acceso libre a la playa, garantizado en los papeles, se vuelve relativo en la práctica.
Los fenómenos climáticos extremos terminan de desnudar la falta de planificación. Sudestadas, mareas altas y temporales no hacen más que profundizar un escenario frágil, donde la ciudad parece reaccionar siempre tarde y de manera improvisada. La postal de turistas buscando dónde clavar una sombrilla no es solo una anécdota veraniega: es el síntoma de un modelo agotado.
Mar del Plata vive del turismo y sus playas son su principal capital simbólico y económico. Pero mientras el debate siga atrapado entre acusaciones cruzadas y soluciones de corto plazo, el conflicto se repetirá cada verano, con menos arena, más enojo y una pregunta incómoda que nadie parece querer responder del todo: ¿para quiénes son, en definitiva, las playas de la ciudad?












